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homilías Inglés
3 Pascua
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Todo
Consiste en Estar Preparado
(18 de abril de 2010)
Tema básico: Para traer almas a Jesus, hay que pasar tiempo -
diaramente - en oracion y hacer nuestra parte en mantener bien el barco
y la red. Todo consiste en estar preparado.
En el evangelio de hoy tenemos una bella imagen de la Iglesia: Los
discipulos, encabezado por Pedro, en un barco. Al mandato del Senor
bajan la red y recogen una pesca enorme - ciento cincuenta y tres. El
numero obviamente tiene significado - y puede decirnos algo sobre la
Iglesia. Los primeros escritores cristianos dijeron que el numero
implica que el Senor quiere incluir a todos los pueblos en su Iglesia.
San Jeronimo nota que los zoologos de aquel tiempo identificaron 153
especies de peces. El numero indica que el Senor quiere que traigamos
gente de toda nacion, lenguaje y grupo etnico.
Jesus desea que su Iglesia sea "catolica," es decir, universal. Jesus
tiene algo para todo ser humano. Solo el puede satisfacer los anhelos
mas profundos de toda persona.
La Iglesia por su naturaleza es catolica - destinada para todos. De
hecho, se puede encontrar cristianos en casi todas las naciones del
mundo. No obstante, tenemos largo camino para traer a todos a Cristo.
Quizas nos sentimos frustrados que tantos estan saliendo de la red!
Tenemos mucho para aprender del Evangelio de hoy. Trabajaron toda la
noche, sin pescar nada. Seguian trabajando a pesar de no ver
resultados. Pero - precisamente en el momento cuando estaban agostados
- Jesus les dijo echar la red. Como los apostoles tenemos que hacer las
tareas requeridas, pero tambien estar listos para sorpresas, la
presencia no esperada del Senor. El puede abrir una posibilidad - y aun
nos sentimos cansados y desanimados - que puede ser el momento de mayor
oporunidad. Cuantas veces en mis años como sacerdote he visto
los mayores resultados de algo que no he planeado ni esperado.
Shakespear dijo: We have a lot to learn from today's Gospel. They
worked all night, but caught nothing. They kept at it even though they
did not see results. But then - when they were bone tired, ready to
call it a night - Jesus tells them to put out the nets. Like the
apostles We must do our required tasks, but also be ready for
surprises, the Lord's unexpected presence. He can open up a possibility
- and even though we might feel exhausted and discouraged - that might
be the moment of the greatest opportunity. How often in my years as a
priest have I seen the greatest results from something I did not plan
or expect. Shakespeare said:
Existe una marea en los asuntos humanos,
que, tomada en pleamar, conduce a la fortuna;
pero, omitida, todo el viaje de la vida
va circuido de escollos y desgracias.
Eso aplica tamien a nuestra fe. Hay un momento para bajar la red, para
la cosecha de almas. Para reconocer aquel momento requiere oracion
diaria, estar atento a la voz del Senor. Muchas veces, me cuentan que
sus preocupaciones sobre sus hijos y nietros que han caido de la
practica de la fe. Les animo a pasar tiempo en oracion, especialmente
ante el Santisimo. Quizas ellos no son las personas indicadas a decir
una palabra a un hijo o nieto. Quizas el Senor enviara a otro - or
tocara su corazon en una manera directa. Nuestra tarea es escuchar al
Senor y estar listos para hablar o actuar cuando el indica. Para citar
a Shakespeare otra vez: "Todo consiste en estar preparado." Tenemos que
estar listos par oir la voz del Senor y actuar.
Hay algo mas: Tenemos que matener bien el barco y la red. Me acuerdo
visitar a mis parientes en Croacia cuando era joven. Pase una semana
con ellos. Eran pescadores. No solamente buscaban el mejor momento para
echar la red, sino pasaron bastante tiempo cuidando la red, estando
seguro que no habia lugares donde pesces legales podian escapar. Y
desde luego, ellos constantemente revisaron su barco para asegurar que
todo estaba bien.
Tu y yo tenemos que hacer lo mismo. Tenemos que mantener bien nuestra
parroquia y diocesis. No solamente los edificios, sino nuestros
programas y gente. Hay que entrenar seminaristas y otros ministros
pastorales. Tenemos que trabajar duro en la educacion de nuestros
jovenes. Tenemos que tener formas de responder a una variedad de
necesidades. Tenemos que mantener bien el barco y la red.
Tu tiene tu parte. No voy a hablar de la Peticion Catolica Anual este
fin de semana, pero quiero insistir: El Senor quiere que su Iglesia -
guidada por el sucesor de Pedro - traiga gente de todo rincon. Jesus
quiere que su Iglesia sea Catolica (universal) porque solo el puede
satisfacer los anhelos mas profundos de toda persona. Para traer almas
a Jesus, hay que pasar tiempo - diaramente - en oracion y hacer nuestra
parte en mantener bien el barco y la red. Todo consiste en estar
preparado.
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3 Pascua
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DOMINGO 3 del Tiempo de Pascua-
Ciclo "C" -
18 de Abril de 2010-
Jesús resucitado sorprendió varias veces a sus
Apóstoles y discípulos apareciéndoseles en las
maneras más inesperadas. Una de estas apariciones, la tercera,
fue en la playa del Lago de Tiberíades. Nos la narra el
Evangelio de hoy (Jn. 21, 1-19). Estaban siete de ellos en una barca,
regresando de una noche de pesca infructuosa y, al amanecer, “alguien”
les dijo desde la orilla: “Muchachos, ¿han pescado algo ...
Echen las redes a la derecha de la barca y encontrarán peces”.
Jesús se aparece a los Apóstoles en
el Lago de Tiberíades
(pintado por William Hole)
Sorprende la docilidad de los Apóstoles quienes, sin la menor
observación, obedecieron en el acto. Y sorprende, porque
todavía no se habían dado cuenta que era “el
Señor”. Puede haber sido que en su interior recordaran la otra
pesca milagrosa en el mismo Lago de Genesaret o Tiberíades,
cuando Jesús aún no había muerto y resucitado (Lc.
5, 4-11). Y por eso obedecen a este “desconocido” que les dice que hay
pesca justo al lado de ellos.
¡Cuántas veces nos habla el Señor desde la orilla y
no le reconocemos! Nos pasa como a los Apóstoles, pero no
hacemos como ellos, sino que nos damos el lujo de despreciar las
instrucciones del mismo Dios. Y -peor aún- cuántas veces,
sabiendo que es El quien nos pide algo, no le hacemos caso, francamente
le decimos que no o le ponemos dificultades, diciéndole que
mejor dejamos el asunto para otro momento.
Pero el Señor siempre está a la orilla,
esperándonos, esperando que nos desocupemos de “nuestras cosas”,
esperando que le reconozcamos, que oigamos su voz y atendamos sus
instrucciones.
¡Cuántas veces nos desgastamos pescando por nosotros
mismos en el mar de nuestro quehacer diario, de nuestras preocupaciones
cotidianas, de las presiones del trabajo y de estudio, sin escuchar al
Señor y sin aprovechar su voz que nos guía!
¡Cómo se nos olvida que debemos buscar primero el Reino de
Dios y que todo lo demás se nos dará “por
añadidura” (Lc. 12, 31), todo lo demás se nos dará
como bonificación extra, si realmente primero buscamos a Dios y
hacemos su Voluntad!
Nos dice este relato que pescaron 153 peces y se impresiona el
Evangelista San Juan, uno de estos pescadores, porque “a pesar de que
eran tantos, no se rompió la red”. Milagro grande la pesca
abundante, milagro pequeño que la red resistiera.
No siempre Dios interviene en forma que podamos decir sea milagrosa.
Pero Dios siempre está presente y si nos fijamos bien, nos
suceden una serie de “coincidencias”, que son como pequeños
milagros en que Dios permanece anónimo ... si no nos damos
cuenta de su presencia, si estamos tan ciegos que no vemos su
intervención. Y la ceguera nos viene porque tenemos puestos los
lentes opacos de la mundaneidad, que no nos dejan ver las
manifestaciones de Dios en nuestra vida.
Pero ... volvamos a nuestra escena evangélica: la red llena de
peces. ¿Se habrán recordado los cinco Apóstoles
que en el momento que Jesús les pidió que lo siguieran,
les había prometido hacerlos “pescadores de hombres” (Mt. 4, 19
y Mc. 1, 17).
¿Se habrá recordado San Pedro que enseguida de la otra
pesca milagrosa Jesús le ratificó lo mismo a él
personalmente: “serás pescador de hombres”? (Lc. 5, 10).
¿Habrán intuido los Apóstoles la relación
entre esta pesca de peces y la pesca de hombres que tendrían que
comenzar ahora?
El hecho es que Juan, el más joven, el discípulo amado,
se da cuenta de quién es el hombre en la playa: “¡Es el
Señor!”. Y San Pedro, el impetuoso, le pareció que para
ver de nuevo a Jesús Resucitado era demasiado largo el tiempo
que tomaba llevar la barca a la orilla ... y saltó al agua.
¿Nos apuramos nosotros y saltamos rápidamente, para
encontrarnos con El Señor en la oración, en la
Comunión, en la Confesión, o le damos larga a nuestros
encuentros con Dios, porque tenemos encuentros más interesantes
o cuestiones más importantes que hacer?
¡Qué delicadeza la del Señor! Los invita a
desayunar. En la Ultima Cena les sirvió lavándoles los
pies. Aquí, el Resucitado, les tiene preparadas las brasas para
cocinar lo que habían pescado y pan para acompañar el
pescado.
El Señor sabe que tiene que fortalecer la fe en su
Resurrección a sus “pescadores de hombres” y no sólo les
cocina, sino que come con ellos para que se den cuenta que no es un
espíritu (Lc. 24, 39), sino que es El mismo vuelto a la vida.
Pero debemos darnos cuenta, como se dieron cuenta los Apóstoles,
que Jesús no tiene la misma vida que tenía antes, sino a
una vida gloriosa. ¡Es Cristo Resucitado, anuncio de nuestra
futura resurrección!
Y no sólo comparte con ellos este desayuno playero a orillas del
lago, sino que aprovecha esta aparición suya, para dejarles
instrucciones muy importantes.
A San Pedro le pregunta: “¿Me amas más que
éstos?”. Y no se lo pregunta una sola vez, sino tres. Triple
requerimiento de amor que se contrapone a la triple negación que
Pedro le hizo durante la Pasión. Y Pedro, nos dice el Evangelio,
se entristeció.
¿Por qué el dolor de Pedro? Debe haber recordado, por
supuesto, cuando le dijo a Jesús que estaba dispuesto a morir
por El, cuando le aseguró que nunca lo negaría. Y
¿por qué no pudo cumplirle? Porque se confió en
sus propias fuerzas y tuvo miedo a correr la misma suerte que
Jesús. Debe haberse dado cuenta de la seguridad que ahora el
Señor le requería, cuando lo estaba dejando encargado del
rebaño: “Apacienta mis corderos ... Pastorea mis ovejas ...
Apacienta mis ovejas”.
Y ¿nosotros? ¿Podemos decirle al Señor que
sí lo amamos, que sí nos entregamos a El y a su Voluntad
... sea cual fuere? ¿Sea que nos quiera hacer pastores o que nos
quiera hacer ovejas fieles? ¿Sea que dejemos aquel pecado al que
estamos apegados y que no nos deja libres para seguirle ... sea que le
sigamos con esa cruz que nos es pesada porque no la hemos abrazado como
El abrazó la suya?
¿Podremos responderle como Pedro: tres veces, sí te amo,
Señor? ¿Nos entristecemos como Pedro por tantas veces que
hemos entristecido a Jesús? ¿Tememos que nuestro
sí no sea tan seguro, porque podríamos repetir los
pecados ya confesados? ¿Tenemos miedo de prometer como Pedro que
nunca negaría al Señor y que estaba dispuesto a morir con
El, y no cumplir?
Puede ser, porque sabemos que nuestro sí de hoy no es
garantía segura, pues somos débiles, pero confiando en la
gracia divina y realmente queriendo ser fieles a Dios, la guerra
está ganada, aunque perdamos una que otra batalla, en la lucha
contra el pecado.
Y recordemos que el Señor no espera que seamos impecables sino
que, confiados en El, pongamos todo nuestro deseo y volvamos a El cada
vez que perdamos una batalla contra el pecado, acogiéndonos a su
Misericordia Infinita en el Sacramento de la Confesión.
Sobre todo, tengamos muy en cuenta que, en la lucha contra las
tentaciones, no podemos confiar en nosotros mismos. Nos puede suceder
como a Pedro. En realidad, no podemos confiar en nosotros mismos para
nada. Siempre orar, pero más que nunca en la tentación.
“El que ora se salva y el que no ora se condena” (San Alfonso
María de Ligorio).
Mientras el Evangelio nos muestra a Cristo Resucitado,
revelándose en la tierra a sus Apóstoles, en la Segunda
Lectura del Libro del Apocalipsis (Ap. 5, 11-14) el mismo
Apóstol San Juan, uno de los pescadores de ese día en el
Lago de Tiberíades, testigo de Cristo Resucitado en la tierra,
nos narra la visión que tuvo del momento de la entrada del
Cordero inmolado al Cielo, ahora glorioso.
Por El y por Dios Padre (“el que está sentado en el Trono”)
cantan todas las criaturas, del Cielo y de la tierra, toda la
creación: “alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de
los siglos”.
“Y los cuatros vivientes respondían: ‘Amén’.” (Aunque
para algunos los cuatro vivientes son la representación de los
cuatro Evangelistas, la interpretación más coherente y
teológica, dado que éstos seres dirigen la Liturgia
Celestial, es que ellos simbolizan cuatro aspectos de Jesús:
León, venció el León de la Tribu de David; Novillo
–fue ofrecido en sacrificio: Hombre -Hijo del Hombre; Aguila
–subió al Cielo. Esta interpretación es la de San
Victorino y San Ambrosio, tomada del Curso sobre el Apocalipsis de San
Juan del Padre Alain Marie de Lassus de la Comunidad de San Juan) (*)
Y los veinticuatro ancianos” (el pueblo de Dios fiel) “se postraron en
tierra y adoraron al que vive por los siglos de los siglos”.
La Primera Lectura (Hech. 5, 27-32 y 40-41) nos muestra a un San Pedro
fortalecido, ya después de Pentecostés, sin miedo alguno,
cumpliendo su “Señor, Tú sabes que te amo”,
entregándose a los designios divinos y realizando su
misión de Pastor, respondiendo al jefe religioso de los
judíos, el Sumo Sacerdote, que presidía el
Sanedrín, organismo máximo de justicia civil y de asuntos
religiosos en Israel.
“Primero hay que obedecer a Dios ante que a los hombres”, le responde
decidido San Pedro.Da testimonio de Jesús resucitado: “El Dios
de nuestros Padres resucitó a Jesús”. Culpa a los
culpables de la muerte del Salvador de Israel, con toda claridad y
franqueza: “a quien ustedes dieron muerte colgándolo de la cruz”.
¡Qué diferentes estos Apóstoles a los que vimos
cuando la Pasión! Han recibido ya el Espíritu Santo, que
“Dios da a los que le obedecen”, tal como nos dice San Pedro en este
discurso. Y es así como no temen los castigos que les puedan
acarrear sus veraces respuestas y sus francos testimonios. Los mandaron
a flagelar, y más bien estuvieron “felices de haber sufrido esos
ultrajes por el nombre de Jesús”.
Cristo, entonces, requiere el amor de parte de todos sus seguidores,
pero más aún de los que van a ser sus pastores. Por
supuesto, más aún de Pedro, a quien dejaba como Pastor
Supremo, como el primer Papa de su Iglesia.
¿Y qué amor requiere Cristo de nosotros y de sus
pastores? Amor es entrega, entrega absoluta a los designios de Dios y a
su Voluntad. Entrega total hasta desgastarnos -si fuera necesario- en
el servicio a El y a los demás, en la pesca de hombres y
mujeres, jóvenes y adultos, niños y ancianos, que
aún sigue y que nosotros debemos continuar, mucho más en
este momento en que parece necesario re-evangelizar al mundo que nos
rodea, difundiendo, como Cristo nos ha pedido, “la Buena Nueva a toda
la creación” (Mc. 16, 15).
(*) www.homilia.org/preguntash/apocalipsis.htm
¿Podemos demostrar la Resurrección de Cristo?
Resurrección ¿Fe o ciencia?
Resurrección ¿Fe o Historia? |
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