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homilías Inglés
1 Cuaresma |
Quien es Como Dios
(21 de febrero de 2010)
Tema básico: Cuando vengan las tentaciones, Jesus nos muestra
que hacer: Exaltar a Dios.
En este primer domingo de Cuaresma escuchamos sobre las tentaciones de
Jesus. Antes de ver sus tentaciones, me gustaria hablar de tentaciones
que conocemos mejor: las nuestras.
La comunidad hispana de Santa Maria hizo una obra que ayuda a entender
tentaciones humanas. Es sobre una pastorcita que va a Belen. El diablo
quiere prevenir que ella adore a Jesus. Lo que hace es enviar siete
tentaciones.
El diablo comienza con el pecado capital que parece mas poderoso: la
lujuria. Le dice, "Yo puedo causar que los hombres se caigan a tus
pies." Avaricia sigue: "Puedo ayudar a conseguir mucho dinero." Envidia
y ira se juntas: "Puedes tener venganza contra ellas que se burlaban de
ti." La gula, con bolsas de comida chatarra, dice, "PUedes comer lo que
quieres." Y mejor que todo, la flojera dice, "Not tendras que trabajar
mas."
Cada tentacion parece irresistible, especialmente la tentacion raiz:
soberbia o vanidad. La pastorica parece sin poder. Pero Dios envia
ayuda: San Miguel el Arcangel llega para luchar contra Satanas. Ella
mira mientras los dos pelean. Al fin, Miguel vence a Satanas - y el
diablo desaparce junto con las tentaciones. Ella esta sola con Miguel.
Su nombre significa, "Quien es como Dios?"
Quien es como Dios? El diablo le decia que podia ser una pequena diosa,
haciendo lo que le daba las ganas. Desde luego, Satanas no querria
darle libertad, sino hacerle una esclava. Dios, al contrario, si,
requiere algo de sacrificio, pero al final da verdadera libertad: la
libertad de los hijos de Dios. Quien es como Dios?
Asi responde Jesus a las tentaciones del diablo - como vemos hoy. Hay
que entender que Jesus - a pesar de ser Dios por naturaleza - se
humillo y se hizo uno de nosotros. En su humanidad, experimento la
plena fuerza de la tentacion.
A cada tentacion, responde, exaltando a Dios: No solo de pan vive el
hombre - sino por la palabra de Dios. Adoraras al Senor, tu Dios, y a
el solo serviras. No tentaras al Senor tu Dios. Es decir, no actuar
imprudentemente, pensando que no importa lo que tu haces, tienes a Dios
en tu bolsillo. No. Dios es Dios. Te tiene en sus manos, no el
contrario. No es tu juguete. Dios es tan superior a ti (y a mi) que un
arcangel sobre un gusano. Quien es como Dios?
Cuando vengan las tentaciones, Jesus nos muestra que hacer: Exaltar a
Dios. El Dios no puede aguantarlo cuando exaltamos a Dios. Como una
estrella de Hollywood, no lo soporta cuando alguien se alaba su rival.
Cuando el diablo te tiente, no hablarle directamente. Hacer la senal de
la cruz. Decir los nombres sagrados: Jesus, Maria y Jose. Alaba a Dios
y el diablo huira. Quien es como Dios?
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English Version
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1 Cuaresma |
DOMINGO 1 del Tiempo de Cuaresma- Ciclo "C" -
21 de Febrero de 2010-
La lucha contra el Demonio y demás espíritus malignos es
un combate espiritual, pero no por ser espiritual deja de ser real. Por
el contrario, es una “real” batalla la que se libra entre las fuerzas
del Mal (de Satanás) y las fuerzas del Bien (de Dios).
Y en ese combate estamos incluidos todos los seres humanos, cada uno en
su respectivo bando, según estemos en amistad con Dios o en
amistad con el Demonio.
Ahora bien, por la verdad contenida en la Sagrada Escritura, ya sabemos
cuál será el bando ganador, aunque el Demonio, el
Engañador, inventor de la mentira, pretenda hacer creer que
será él quien vencerá.
Ya Cristo ha vencido al Demonio: lo venció en la Cruz y con su
Resurrección. Cristo ya ganó de antemano esa victoria
para nosotros, pero debemos alistarnos en el bando ganador, siendo de
Dios, obedeciendo su Voluntad, aprovechando todas las gracias que nos
otorga para nuestra salvación eterna, que es nuestra victoria.
Cristo, además, quiso someterse El mismo a esta batalla
espiritual. Cristo “no permanece indiferente ante nuestras debilidades,
por haber sido sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero que, a
El, no lo llevaron al pecado” (Hb. 4, 15).
La Cuaresma, que comenzamos con el Miércoles de Ceniza, nos
invita a apertrecharnos para esa lucha espiritual.
¿Cuáles son nuestras armas? ¿Cuáles son
nuestros pertrechos? Entre otros, los medios que nos ofrece la Iglesia
en este tiempo cuaresmal: la oración, la penitencia, los ayunos,
las limosnas, medios todos que nos ayudan a la conversión o
cambio interior que requerimos para ir ganando este combate.
Los ejercicios del ayuno como respuesta a la sensualidad, de la limosna
para atajar la avaricia, y de la oración contra la
autosuficiencia, quieren ayudarnos a desprendernos de lo que impide la
acción de Dios en nosotros.
La Liturgia de Cuaresma se nos abre precisamente con la batalla
espiritual que Cristo libró contra el Demonio después de
haber pasado cuarenta días de ayuno y oración en el
desierto, en preparación para su vida pública de
predicación al pueblo de Israel, entregándose a la
Voluntad del Padre, en una misión que en poco tiempo lo
llevaría a la muerte.
Y ¿qué es el desierto? Según la Sagrada Escritura,
el desierto es el sitio privilegiado para encontrarse con Dios, para
dejarse transformar por El.
Tal fue el caso del pueblo de Israel que vivió cuarenta
años en el desierto. Y el desierto no sólo fue la
travesía para llegar a la tierra prometida, sino también
fue el sitio donde Yahvé fue moldeando al pueblo escogido para
hacerlo depender sólo de El.
Otro ejemplo es el Profeta Elías (1 Rey. 19, 1-18), quien
pasó también cuarenta días en el desierto, a donde
huyó obligado para salvar su vida. Después de muchas
vicisitudes, se encuentra con Dios en el Monte Horeb, en el mismo sitio
que Moisés, y allí Dios lo prepara para la misión
que le encomendara.
Otro habitante del desierto fue San Juan Bautista. Allí
vivió prácticamente toda su vida y allí lo
preparó Dios para ser el Precursor de su Hijo y preparar el
camino del Salvador de Israel.
Sin embargo, el desierto, que para nosotros puede significar lugar de
retiro, de silencio, de oración, no sólo es lugar de
encuentro con Dios, sino también de lucha con el Demonio.
Porque, a veces un encuentro privilegiado con Dios puede ir precedido
de una lucha fuerte contra el Maligno, que se opone por todos los
medios a ese encuentro nuestro con el Señor. Pero no hay que
temer. Recordemos: nunca seremos tentados por encima de nuestras
fuerzas (cfr. 1 Cor. 10, 13).
Jesús, al terminar su retiro, nos dice el Evangelio de hoy, “fue
tentado por el Demonio” (Lc. 4, 1-13).
¡Tal es la soberbia del Maligno: pretender tentar al mismo Dios!
Lo primero que se nos ocurre es pensar en su tremenda osadía,
osadía que no pasa de ser necedad y brutalidad:
¡cómo ocurrírsele que Dios iba a caer en sus redes!
Allí en el desierto, Jesús hizo que Satanás
probara su derrota, derrota que completó con su Cruz y su
Resurrección, y que será plena y terminante el día
de su venida gloriosa cuando venga a establecer su reinado definitivo y
ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.
Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (394) que el
Demonio pretendió desviar a Cristo de su misión.
¡Qué osadía! Y pretendió esto con las tres
tentaciones que le presentó, las cuales se basaban en ofrecerle
poder, gloria, triunfo, bienestar material: lo mismo que el Demonio
ofrece hoy en día a todos los que quieran estar en el bando
perdedor.
Con la primera tentación, el Demonio invita a Jesús a
convertir las piedras en pan para calmar su hambre.
Es una tentación de poder, con la que el Demonio apela
también al bienestar material, a la complacencia de los
sentidos, a consentir el cuerpo. ¿Para qué sufrir, si con
poder puedes aliviar cualquier cosa? Tentación también
muy presente en nuestros días.
La segunda tentación fue de avaricia y poder temporal, por
supuesto acompañada de su siempre presente mentira: “A mí
me ha sido entregado todo el poder y la gloria de (todos los reinos de
la tierra) y yo los doy a quien quiero”.
¡A cuántos no ha engañado el Demonio con esa
mentira de ser el dueño de lo creado y de que si se le rinden y
lo adoran a él, les dará lo que le pidan! La avaricia o
búsqueda desordenada de riquezas y el apego a los bienes
materiales es una tentación siempre presente. Sólo el
apego a Dios, poniéndolo a El primero que todas las cosas nos
protege de esta peligrosa tentación.
La tercera tentación fue de orgullo y soberbia, triunfo y
gloria. Y en ésta sí se pasó de osado:
tentó al mismo Dios con la Palabra de Dios. Le sugirió
que se lanzara en pleno centro de Jerusalén de la parte
más alta del Templo porque, de acuerdo a la Escritura, los
Ángeles vendrían a rescatarlo.
Imaginemos lo que hubiera sucedido con un milagro así:
Jesús se hubiera ganado la admiración y la
aprobación de todo el mundo, hubiera sido la “super-estrella”
del pueblo de Israel. Pero el camino señalado por el Padre era
otro muy distinto: no de triunfos, sino por el contrario,
humillaciones, ataques injustos, cruz y muerte.
¿Cómo oponernos a las tentaciones de orgullo y vanidad?
El mejor remedio es practicar lo opuesto: la humildad.
Por ejemplo: no buscar posiciones con el fin de llegar a ser personas
importantes, no hacer las cosas con el fin de procurar el
reconocimiento de los demás. Cuando vengan las humillaciones,
que Dios suele enviarnos para hacernos crecer en humildad, no
excusarnos, sino más bien aceptarlas, reconociéndolas
como medios privilegiados de crecer en santidad.
Las tentaciones de Jesús en el desierto nos muestran una cosa
muy importante. Los ataques del Maligno son muy variados. He
aquí algunos a los que estamos muy inclinados los seres humanos
de este Tercer Milenio, relacionados con las mismas tentaciones de
Jesús en el desierto:
. culto al cuerpo,
. gusto por el placer,
. complacencia de los sentidos,
. rechazo del sufrimiento,
. avaricia,
. apego a lo temporal,
. ambición de poder,
. ansia de poderes,
. búsqueda de triunfo,
. deseos de glorias,
. reclamo de reconocimientos,
. orgullo en todas sus otras formas, etc.,
Y no creamos que vamos a poder estar libres de tentaciones. La santidad
y el camino hacia Dios no consiste en no ser tentado, sino en poder
superar las tentaciones.
Y ese combate es persistente. El Demonio y los demonios y demás
espíritus malignos no cejan en su lucha. San Pedro compara al
Demonio con un león enfurecido que anda dando vueltas alrededor
nuestros deseando devorarnos para llevarnos a la condenación
eterna (cfr. 1 Pe. 5, 8).
Nos dice el Evangelio que el Diablo se retiró de Jesús
“hasta que llegara la hora”, hasta el momento oportuno.
Para Cristo ese momento fue el de la Cruz, ya que durante la
Pasión, el Demonio hizo que toda la maldad del pueblo de Israel
se volcara contra su Mesías, a quien no pudo el Maligno
engañar ni seducir. Pero Cristo al morir, obedeciendo la
Voluntad del Padre en ese camino de humillación y sufrimiento,
quitó el poder al Maligno y liberó a la humanidad del
secuestro en que estaba por el pecado original.
Y para salir nosotros de ese secuestro, debemos cumplir el mandato con
el que Jesús muy bien responde al Demonio: “Adorarás al
Señor tu Dios y a El solo servirás” (Dt. 6, 13).
Adorar a Dios consiste en reconocerlo como nuestro Creador y nuestro
Dueño, en reconocernos en verdad lo que somos: hechura de Dios,
posesión de Dios. El es mi Dueño. Yo le pertenezco.
Consecuencia lógica de esa dependencia es entregarme a El y a su
Voluntad. Y ser siempre fieles a El.
Esta instrucción de adoración la vemos en la Primera
Lectura (Dt. 26, 4-10), la cual nos trae la profesión de fe del
antiguo pueblo de Dios. Todo hebreo debía presentar a Dios “las
primicias” o primeros mejores frutos de su cosecha, pronunciando una
oración que sintetizaba la historia de Israel.
Esta oración termina con la orden del Señor: “te
postrarás ante El para adorarlo”, que es lo que responde
Jesús a Satanás.
El Salmo 90 nos trae las palabras que el Demonio osó utilizar
para tentar a Jesús con la gloria y el triunfo, si se lanzaba
del Templo de Jerusalén.
Y en la Segunda Lectura (Rom. 10, 8-13) San Pablo también nos
invita a hacer profesión de nuestra fe: creer y confesar que
Jesús es el Señor y que resucitó.
Seremos, entonces, salvados por esa fe que nos lleva a confiar en Dios
y a poner todo nuestro empeño para responder a las gracias que
Dios nos da para nuestra salvación. Con nuestra fe y nuestra
respuesta a la gracias; es decir, con nuestra fe y con nuestras obras,
somos salvados por Cristo.
Y es así como Dios ha querido que también el combate
espiritual contra las fuerzas del mal, sea para nosotros fuente de
gracia y de salvación, porque venciendo las tentaciones
acumulamos méritos para la Vida Eterna (cfr. St. 1, 2-4 y 12).
En esa lucha inevitable, no olvidemos algo muy importante: contamos con
toda la ayuda necesaria de parte de Dios para ganar las batallas
espirituales y la batalla final. Que así sea.
¿La tentación es pecado?
¿Qué hacer ante las tentaciones?
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