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6 Tiempo Ord
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Confiar
(14 de febrero de 2010)
Tema básico: Confiar en el Senor: un tema para matrimonios al
celebrar el Dia de San Valentin - para todos, al entrar la temporada de
Cuaresma.
Hoy es el Sexto Domingo del Tiempo Ordinario. Es el ultimo domingo
antes de la Cuaresma, que comienza el 17 de febrero - Miercoles de
Ceniza. Ademas, este domingo cae en el Dia de San Valentin. Quisiera
desarrollar un tema relacionado al amor humano - especialmente entre
marido y esposa. El tema tambien entra en la Cuaresma. Puedo resumirlo
en una sola palabra: Confiar. O para ser mas exacto, confiar en el
Senor.
En la primera lectura escuchamos: "Maldito el hombre que confia en el
hombre..." Y, "Bendito el hombre que confia en el Senor." Jesus indica
la confianza en el Senor al dar un serie de bienaventuranza que se
distingue de los "ayes." Por ejemplo dice, "Dichoso ustedes los
pobres...Pero, ay de ustedes, los ricos." El pobre es dichoso porque
tiene mayor tendencia de confiar en Dios, mientra el rico puede pensar
que no necesita a Dios.
Me gustaria contarles de un hombre que tenia una bella confianza en
Dios. Es un cuento de San Valentin porque es sobre como encontro a su
esposa. Sucedio en 1920. El hombre puso un aviso en el periodico. Dijo:
"Oficial de servicio público, soltero, católico, 43,
pasado inmaculado, del campo, busca una muchacha católica, buena
y pura, que puede cocinar bien, hacer las tareas de la casa, con
talento de coser con vista de matrimonio, tan pronto como posible.
Fortuna deseable, pero no una pre-condición."
Una mujer llamada María Peinter respondió al aviso. Tenia
36 años, una cocinera entrenada y la hija ilegitima de un
panadero. No tenía una fortuna, pero se casaron dentro de cuatro
meses. A pesar de sus edades un poco avanzadas, tuvieron tres hijos -
dos niños y una niña. El menor recibió el mismo
nombre que su papá: Josef Ratzinger. Hoy se conoce mejor como el
Papa Benedicto XVI.
Despues de su eleccion, alguien mostro el aviso a papa Benedicto. Desde
luego, sonrio. El Papa Benedicto iba a hablar mucho sobre ese amor. De
hecho, su primera enciclica tiene el titulo, "Dios es amor," y describe
el matrimonio como la mayor figura del amor de Dios para nosotros.
Joseph y Maria Ratzinger muestra el amor que escuchamos hoy. Fue basado
sobre la confianza en el Senor: un amor que perdura porque pone a Dios
en primer lugar. "Bendito el hombre que confia en el Senor y en el pone
su su esperanza."
Si alguien tiene treinta y tantos (cuarenta y tantos) y no ha
encontrado aquella persona especial, puede sentir que Dios le ha
olvidado. Eso no fue el caso con Joseph y Maria Ratzinger. De todo lo
que sabemos, eran personas de fe profunda en Dios. A causa de su
confianza en Dios, ellos tuvieron un matrimonio admirable y una familia
bien unida.
El punto importante aque es la confianza en el Senor. En pocos dias
comenzamos la temporada santa que pone enfasis en confianza en Senor.
La Iglesia nos anima sacrificar algunas cosas: comida, tiempo y dinero.
Sacrificamos comida por alguna forma de ayuno voluntario, por ejemplo,
no comer postres. Sacrificamos el tiempo al dar mayor parte del dia
para oracion. Sacrificamos dinero por la limosna - por poner en orden
nuestra finanzas a la gloria de Dios y las necesidades de los pobres.
Van a escuchar mas el dia miercoles - y el proximos domingo, el Primer
Domingo de la Cuaresma. Todas las practicas cuaresmales tienen un solo
proposito - aumentar nuestra confianza en el Senor.
Y como hoy es el Dia de San Valentin, quisiera honrar algunas personas
cuyas vidas muestra la confianza en el Senor, es decir, nuestros
matrimonios. Ningun matrimonio puede perdurar sin confianza mutua -
ningun matrimonio puede florecer sin confianza en el Senor. En ese
espiritu, voy a pedir a nuestros matrimonios renovar sus votos.
Con eso quisiera invitar a los matrimonios a recibir una
bendición especial (Los matrimonios pueden ponerse de pie o
avanzar al santuario). Favor de unirse conmigo en honrarlos y rezar por
ellos al celebrar el Domingo Mundial de Matrimonio.
Queridos matrimonios: en el día de su boda, la novia
llevó un bello vestido, símbolo de la vestidura
bautismal. El esposo pidió la gracia de amar a su esposa como
Cristo ama a la Iglesia, ofreciendo su vida para proteger y mantenerla.
Hoy Vds. quieren renovar sus votos en la presencia de sus hijos y
amistades. Antes de hacerlo, les pido primero unirse con toda la
congregación en la renovación de promesas bautismales:
* ¿Renuncian a Satanás?
R. Sí, renuncio.
* ¿Y a todas sus obras?
R. Sí, renuncio.
* ¿Y a todas sus seducciones?
R. Sí, renuncio.
* ¿Creen en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la
tierra?
R. Sí, creo.
* ¿Creen en Jesucristo, su único Hijo, nuestro
Señor, que nació de Santa María Virgen,
murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y
está sentado a la derecha del Padre?
R. Sí, creo.
* ¿Creen en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia
Católica, en la comunión de los santos, en el
perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos
y en la vida eterna?
R. Sí, creo.
Y ahora, queridos esposos, favor de tomar la mano de su señora.
Les pregunto: ¿Renuevas los votos matrimoniales a tu esposa,
prometes serle fiel a ella en tiempos buenos y tiempos malos, en la
salud y la enfermedad, y así amarla y respetarla todos los
días de tu vida? ¿Sí o no?
R. ¡Sí!
Y ahora, queridas esposas, les pregunto: ¿Renuevas los votos
matrimoniales a tu esposo, prometes serle fiel a ella en tiempos buenos
y tiempos malos, en la salud y la enfermedad, y así amarlo y
respetarlo todos los días de tu vida? ¿Sí o no?
R. ¡Sí!
Ahora, miramos al Señor, rezando por estos queridos matrimonios
y por todas nuestras necesidades:
Siguen las oraciones de los fieles.
Celebrante: Unámonos en oración por nuestras parejas con
aniversarios especiales y para todas las parejas casadas en este Dia
Mundial del Matrimonio, sabiendo que Dios nos escucha cuando oramos.
Respuesta: Señor, haznos uno
Lector: Que todos los esposos tengan la sabiduría y la
valentía para ayudar a sus esposas a crecer y desarrollar sus
talentos, para convertirse en todo lo que Dios quiera que sea. Oremos
al Señor.
Que todas las esposas entre nosotros tengan el conocimiento y el deseo
de animar a sus esposos a crecer y lograr el rico potencial que vive en
ellos. Oremos al Señor.
Que podamos recibir el regalo de la paciencia, imaginación y
comprensión en nuestra relación con nuestros hijos en
estos tiempos del cambio. Oremos al Señor.
Que todas las parejas sean libradas del peligro de la aburrimiento y la
rutina que puedan socavar la relación más profunda del
amor. Oremos al Señor.
Para que la valentía venza el temor y se dejen ver más
abiertamente y honestamente a través de la comunicación
intima. Oremos al Señor.
Que todos nuestros parientes, amigos y vecinos experimenten la
alegría del amor de familia. Oremos al Señor.
Que todas las familias en la tierra tengan los recursos que necesiten
para vivir vidas felices, saludables y llenas de oración. Oremos
al Señor.
Celebrante: Padre, nos amas tanto que nos diste tu único Hijo.
Permite que todos los que están en la unión matrimonial
puedan reflejar la belleza de tu amor y compartirlo con otros. Lo
pedimos por Jesús Cristo nuestro Señor. Amen.
(El sacerdote bendice a los matrimonios con agua bendita.)
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6 Tiempo Ord
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DOMINGO 6 del Tiempo Ordinario - Ciclo "C" -
14 de Febrero de 2010-
¿Pueden ser felices los que sufren? Sí, sí
pueden. Al menos eso fue lo que nos dijo Jesucristo.
¡Felices los que ahora sufren! Y lo dijo bastante al inicio
de su predicación en el conocido “Sermón de la
Montaña”, el cual comienza con las “bienaventuranzas” o motivos
para considerarnos felices. Es lo que nos presenta el Evangelio
de hoy (Lc. 6, 17-26).
Otros motivos de felicidad, según las “bienaventuranzas” como
nos las presenta San Lucas: la persecución, los insultos,
la pobreza (por cierto no la material, sino la pobreza espiritual,
entendida en el sentido bíblico “pobres de Yahvé” (cfr.
Sof. 2, 1-3 y 3, 11-12).
La pobreza material puede ayudar a confiar más en Dios -es
cierto- pero no es requerimiento para ser “pobre en el
espíritu”. Pobre en el espíritu es
aquél que confía en Dios y no en sí mismo, que se
sabe dependiente de Dios y no independiente, que se reconoce incapaz y
remite todas sus capacidades a Dios.
Las “bienaventuranzas” son tal vez la máxima paradoja del ser o
del intentar ser cristiano. Tienen su modelo en la forma de ser
de Aquél que las proclamó: así fue
Jesús. Y al cristiano le toca imitar y seguir a
Jesús.
No pueden entenderse las “bienaventuranzas” ... mucho menos vivirlas,
si nuestra brújula -que debiera estar dirigida al Cielo-
está dirigida hacia este mundo pasajero y efímero.
¡Imposible aceptar esta lista de incomprensibles paradojas!
Sobre en quien debemos poner nuestra confianza nos alerta, dura y
convincentemente el Profeta Jeremías en la Primera
Lectura. Y nos plantea los riesgos que corremos:
“Maldito el hombre que confía en el hombre (en sí
mismo o en otros seres humanos), que en él pone su fuerza y
aparta del Señor su corazón ... vivirá en la
aridez del desierto en una tierra salobre, inhabitable. Bendito
el hombre que confía en el Señor y en El pone su
esperanza. Será como un árbol plantado junto al
agua ... sus hojas se conservarán siempre verdes y en año
de sequía no se marchitará ni dejará de dar
frutos”. (Jr. 17, 5-8).
Las “bienaventuranzas” y la advertencia de Jeremías nos invitan
a confiar en Dios ... a confiar de verdad. Pero ... ¿en
quién confiamos los hombres y mujeres de este Tercer
Milenio? ¿Realmente confiamos en Dios ... o más
bien buscamos a Dios cuando nos interesa? ¿Realmente confiamos
en Dios ... o confiamos en nosotros mismos, en nuestras capacidades,
nuestros raciocinios, nuestras realizaciones, nuestras
búsquedas, nuestras experiencias de oficio o profesión
... nuestros enfoques humanos?
¿Somos capaces de hacer lo que vimos a Pedro hacer en el
Evangelio del pasado domingo cuando, sabiendo por su experiencia de
pescador que no había pesca, vuelve a echar las redes en
obediencia a la Sabiduría Divina de Jesús que le da esa
orden? (cfr. Lc. 5, 1-11) ¿Somos capaces de oponer
la Sabiduría Divina a lo que consideramos nuestros confiables
conocimientos humanos?
¡Con razón no podemos entender las
“bienaventuranzas”! Porque éstas van en
contraposición a todo lo que hemos ido haciendo costumbre
... equivocadamente. Van en contraposición a toda
perspectiva de seguridades y felicidades terrenas.
Con las “bienaventuranzas” Jesús quiere cambiarnos de
raíz. Viene a decirnos que el valor de las cosas no se
mide según el dolor o el placer inmediato que proporcionan, sino
que las hemos de medir según las consecuencias de gozo que
tengan para la eternidad. Que es lo mismo que decirnos que la
brújula hay que dirigirla hacia Allá, no hacia
aquí. Las “bienaventuranzas” dejarían de ser
paradojas utópicas si dirigiéramos bien nuestra
brújula.
El Evangelio de San Lucas nos trae también las que
podríamos llamar las“anti-bienaventuranzas”:
“¡Ay de ustedes , los ricos, porque ya tienen ahora su
consuelo! ¡Ay de ustedes los que se hartan ahora, porque
después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes los
que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay
de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron
sus padres a los falsos profetas!”
¡Qué diferente la visión de Cristo a los
valores que nos presenta el mundo de hoy! Los ricos, los
hartos, los que gozan ahora, los reconocidos y alabados no van a estar
muy bien en la eternidad. Pero no será tanto por el
bienestar que creen ahora disfrutar, sino porque tienen su confianza
puesta en sí mismos y en todo lo perecedero de este mundo:
dinero, poder, satisfacciones, reconocimientos, honores.
Los que se sienten satisfechos con las metas miopes de este mundo
corren graves riesgos, pues tienen la brújula muy mal
dirigida. Los que están apegados al reino de la tierra
nunca podrán alcanzar el Reino de los Cielos. De
allí la advertencia del Señor. De allí los
“ayes” de las “anti-bienaventuranzas”.
De allí la dura reprensión del Profeta
Jeremías: “Maldito el hombre que confía en el
hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su
corazón”
De allí la corroboración que hace San Pablo de esto en la
Segunda Lectura: “Si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan
sólo a las cosas de esta vida seríamos los más
infelices de todos los hombres” (1ª Cor.15, 12-20).
Infelices: anti-bienaventurados.
Nos quiere decir San Pablo que la esperanza cristiana no puede
centrarse en las cosas de esta vida. No hay que buscar a Dios
solamente para que nos cure, para que nos dé las cosas
materiales que le pedimos, para que nos satisfaga en esta vida.
Hay que buscar a Dios para ver qué tiene que decirnos y
qué tiene que pedirnos, para saber qué desea de nosotros,
para saber de qué manera nos quiere conducir al Reino de los
Cielos.
Y ese camino al Reino de los Cielos nos lo muestran las
“bienaventuranzas”: “Felices los pobres ... Felices los que ahora
tienen hambre ... Felices los que sufren ... Felices cuando los
aborrezcan y los expulsen ... cuando los insulten y maldigan por causa
del Hijo del hombre ...” Paradojas incomprensibles
que sólo se entienden si dejamos la miopía terrenal y nos
ponemos los lentes de eternidad.
Pero ¡ojo! No es la pobreza en sí, ni el hambre, ni
la persecución, ni el sufrimiento mismo lo que nos hace
bienaventurados o bienaventuradas. Tampoco en sí mismas
estas condiciones adversas son boletos seguros de entrada al
Cielo. Si reaccionamos ante ellas con una actitud pecaminosa de
rechazo o de cuestionamiento a Dios, más bien podrían ser
motivos de condenación.
El derecho al gozo eterno proveniente de las situaciones adversas se
nos otorga por nuestra actitud ante estas circunstancias que nos
presenta la Providencia Divina a lo largo de nuestra vida como favores
especiales para ayudarnos a llegar al Cielo.
Cuando al sufrir adversidades ponemos nuestra confianza en Dios y no en
nosotros mismos, cuando ponemos nuestra mirada en la meta celestial y
nos desprendemos de las metas terrenas, cuando confiamos tanto en Dios
que nos abandonamos en El y nos sentimos cómo dos dentro de su
Voluntad -sea cual fuere- podemos decir que hemos comenzado el camino
de las “bienaventuranzas”.
Las “bienaventuranzas” son una llamada para todos, pero sólo los
que seamos capaces de desprendernos de nuestros criterios y deseos,
para asumir los de Dios, podremos ser felices ... aquí y
Allá.
LA PREGUNTA DE LA SEMANA
- Todo esto de las bienaventuranzas está muy bien, aunque
difícil. Pero ¿por qué hay que sufrir?
¿Cuál es el verdadero motivo del sufrimiento?
El sufrimiento humano es un misterio, un misterio que se enmarca dentro
del misterio de la Redención de Cristo, un misterio para el cual
no hay una respuesta como la que esperamos, un misterio al cual Cristo
no responde sino que llama para que le sigamos en su sufrimiento y
colaboremos con El en la salvación del mundo y el triunfo final
de las fuerzas del Bien.
Dicho esto, veamos cuáles son las actitudes que tenemos ante una
situación de sufrimiento.
En cuanto aparecen los primeros síntomas de sufrimiento, la
tendencia inicial es de oposición y viene entonces una pregunta
que nunca falta: ¿Por qué? ¿Por
qué a mí? Y esta pregunta no tiene respuesta
-al menos en un primer momento cuando miramos el sufrimiento desde el
ángulo meramente humano.
El misterio del sufrimiento es un proceso. Luego de esa
oposición y cuestionamientos iniciales viene un momento de
impotencia en que algunos recurren a Dios, también
preguntándole por qué. Y Dios tampoco
responde. La respuesta divina es más bien una
invitación, una llamada de Cristo a seguirlo en su
sufrimiento ... un misterio. Cristo nos responde desde la Cruz y
nos invita a tomar la cruz del sufrimiento.
Y ante esta invitación, podemos seguir oponiéndonos,
actitud que no ayuda, pues la cruz se hace más pesada. O
podemos tomar la cruz, imitando a Cristo en su sufrimiento,
respondiendo a su llamado “toma tu cruz y sígueme” (Lc. 9,
23). Al principio podemos tomarla con temor, con miedo al
sufrimiento, creyendo que la aceptación lleva al
agravamiento.
Pero los que han sufrido y han entregado su sufrimiento a Cristo saben
por experiencia que, al unir su sufrimiento al de Cristo, enseguida la
cruz del sufrimiento se aliviana. ¿Por qué se
aliviana? Porque Cristo mismo nos ayuda a llevarla.
Cristo nos invita a compartir su sufrimiento y al compartir los
nuestros con los de Cristo, al unir nuestro sufrimiento al de Cristo,
no es que desaparece la causa del sufrimiento, pero nuestro sufrimiento
parece diluirse en los sufrimientos de Cristo. También ...
un misterio. Pero prueba, prueba si estás sufriendo, trata
de entregar y de ofrecer tus sufrimientos a Cristo ... y verás.
Entonces podemos comenzar a entender para qué es el
sufrimiento: para colaborar con Cristo en la salvación del
mundo y en nuestra propia salvación. Por eso se oye hablar
de ofrecer el sufrimiento por alguien, por la conversión de las
almas, por la propia conversión.
Así lo hicieron muchos santos, algunos de los cuales al
principio también pudieron haberse rebelado. Sabemos que
muchos, de hecho, se convirtieron y comenzaron su camino de santidad
por una situación de sufrimiento. Así son los
caminos y las maneras de Dios: incomprensibles si los miramos con
nuestra miopía humana, racionalista, mundana.
El Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica Salvici Doloris, en
la que explicaba el misterio del sufrimiento humano, iba aún
más lejos y nos decía que el sufrimiento se enmarca,
además, dentro de la lucha entre las fuerzas del Bien y las del
mal, y que nuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo colaboran en
el triunfo final de las fuerzas del Bien (cfr. SD, 26).
El sufrimiento, entonces, es un misterio, un misterio que se convierte
en una invitación de Cristo a seguirle y a colaborar con El en
la salvación del mundo y en el triunfo final de las fuerzas del
Bien. |
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