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Pentecostés |
Amable Huesped del Alma
(31 de mayo de 2009)
Tema Básico: El Espiritu Santo es el amable huesped del alma:
Nos capacita para orar y nos da poder para actuar.
Hoy conmemoramos el envio del Espiritu Santo. En las las palabras de la
Secuencia, es el "amable huesped del alma." Conocemos su presencia por
la alegria inexplicable que comunica. Ademas nos apoya en tiempos de
desanimo. No da poder para seguir adelante.
El Padre Tom Euteneuer, presidente de Vida Humana Internacional, cuenta
algo bello de la presencia y poder del Espiritu Santo. Una vez estaba
con un grupo rezando ante una clinica de aborto. Ese dia once mujeres
jovenes entraron a la clinica. Ni una de ellas acepto la oferta de
ayuda. Naturalmente,la gente se sintio triste. Aun se preguntaban
porque Dios no escucho su oraciones.
Pues, paso un año y otra vez el Padre Euteneuer estaba a la
misma clinica. Una joven se les acerco. Tenia algo en sus brazos.
Levantando el pequeno manto y les mostro un bello bebito. Les pregunto
si se acordaron de ella. La gente dijo, "no." Ella explico que hace un
año les habia pasado. Despues de llenar los papeles, se sento en
la sala de espera. De repente, sus ojos llenaron de lagrimas y empezaba
a llorar. Las otras muchachas tambien empezaban a llorar. Ella salio de
la clinica y decidio aceptar su bebito. Cree que unas otras hicieron la
misma decision.
Cuando rezamos, el Espiritu Santo reza dentro de nosotros. Los
resultados dependen de el - no de nuestra virtud. He bromeado con los
que participan en las vigilias pro-vida cada viernes. "Segun lo que yo
se," les dijo, "no hemos rescatado ni un bebito. Pero hace unos
años, rescatamos un perrito que nos siguio a la clinica!"
Cuide al perrito unas semanas antes de ubicar el dueno. Lo tome como un
pequeno signo que nuestras oraciones no son rechazadas. Se que el
"Birthright" (Derecho de Nacer) de nuestra parroquia ha ayudado a
muchas jovenes con embarazos de crisis - algunas que estaban pensando
en el aborto. Ese cambio de corazon sucede solamente como resultado de
muchas oraciones.
En su libro maravillo, In his wonderful book, Mary, Mother of the Son
(Maria, Madre del Hijo), Mark Shea tiene una reflexion sobre la Venida
del Espiritu Santo. Es el tercer misterio glorioso del rosario - y
sigue el misterio de la Ascencion. Citando un versiculo de los Hechos
donde San Pedro habla de Jesus tomando su lugar a la derecha del Padre
y luego derramando el Espiritu Santo, Mark dice:
"Vale la pena notar que la "derecha" es la "mano buena" en tiempos
antiguos. Es la mano que derrama bendiciones, la mano que tiene el
baston, la mano que trabaja, actua, pelea. Es el enfoque de accion. No
hacemos teorias con nuestras manos, hacemos algo. Jesus, sentado a la
derecha del Padre, hace cosas. Tambien nos da poder para hacer cosas -
por su Espiritu."
Hermanos, en este Domingo de Pentecostes, les invito abrir los
corazones al don del Espiritu Santo. Es el amable huesped del alma: Nos
capacita para orar y nos da poder para actuar.
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Intercesiones Generales para Ascencion del Senor (de Sacerdotes Para la
Vida)
English Version
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Pentecostés |
DOMINGO DE PENTECOSTES - Ciclo "B" -
31 de Mayo de 2009
El nombre “Pentecostés” indica los cincuenta días que
separan la Venida del Espíritu Santo de la Resurrección
del Señor. En esta fiesta celebramos la venida del
Espíritu Santo a los Apóstoles.
Pentecostés marca el comienzo de la actividad apostólica
en la Iglesia, porque fue justamente al recibir al Espíritu
Santo que los Apóstoles comenzaron a cumplir el mandato de
Jesús antes de su Ascensión al Cielo: predicar su
mensaje de salvación a todos (cfr. Mt. 28, 19-20).
Algo parecido a ese mandato leemos en el Evangelio de hoy, el cual nos
narra una de las apariciones de Jesús resucitado a los
Apóstoles (Jn. 20, 19-23): “‘Como el Padre me ha enviado,
así también los envío Yo’. Dicho esto,
sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu
Santo’”.
Pero ... pensemos ... ¿Quién es el Espíritu
Santo? El Espíritu Santo es nada menos que el
Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y
el Espíritu del Padre. El es la presencia de Dios en medio
de nosotros los hombres. El Espíritu Santo es el
cumplimiento de esta promesa de Jesús: “Mirad que estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).
Se ha comparado el Espíritu Santo con la brisa y con el fuego.
Porque, en efecto, El es como una suave brisa que, como nos dice el
Señor “sopla donde quiere” (Jn. 3, 8). Ahora bien,
si el Espíritu Santo es la brisa, nosotros debemos ser como las
velas de una barca, siempre en posición de ser movidos por esa
brisa; es decir, debemos ser perceptivos a las inspiraciones del
Espíritu Santo y dóciles a éstas, para poder
navegar por esta vida guiados por El hacia nuestra meta
definitiva.
También se ha comparado el Espíritu Santo con el
fuego. Porque, en efecto, el Espíritu Santo también
se manifiesta así: como fuego, como calor abrasador, como
calor en el pecho ... El fuego que ardía en el
corazón de los peregrinos de Emaús, mientras oían
hablar a Jesús resucitado era el Espíritu Santo:
“¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos
hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” se
dijeron los discípulos de Emaús en cuanto Jesús se
les desapareció (Lc. 24, 32).
Vemos en la Primera Lectura que el Espíritu Santo se
presentó como una ráfaga fuerte de viento y
descendió en forma de lenguas de fuego a los discípulos
reunidos en torno a la Santísima Virgen el día de
Pentecostés (Hech. 2, 1-11).
El Espíritu Santo nos asiste a cada uno de nosotros en nuestro
peregrinar a la meta a que hemos sido llamados: el Cielo
prometido a aquéllos que cumplan la Voluntad de Dios. Al
Espíritu Santo se le atribuyen muchas funciones para con
nosotros los hombres, siendo tal vez la principal, la de nuestra
santificación. Es El quien, con sus suaves inspiraciones,
nos va sugiriendo cómo transitar por el camino de la santidad.
El Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad.
Así nos dijo Jesucristo: “Tengo muchas cosas
más que decirles, pero ustedes no pueden entenderlas
ahora. Pero cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, el
los llevará a la verdad plena ... El les enseñará
todas las cosas y les recordará todo lo que Yo les he dicho”
(Jn. 16, 12 y 14, 26).
Así que el Espíritu Santo es Quien nos lleva a conocer y
a vivir todo lo que Cristo nos ha dicho; es decir, nos lleva a conocer
y a aceptar el Mensaje de Cristo en su totalidad: nos lleva a la
Verdad plena.
Es tan importante la acción del Espíritu Santo en nuestra
vida que, nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (1ª Cor. 12,
3-7.12-13) que ni siquiera podemos reconocer a Jesús como Dios,
si no nos lo inspira el Espíritu Santo. “nadie puede
llamar a Jesús ‘Señor’ si no es bajo la acción del
Espíritu Santo”. En esto consiste el don de la
Fe. Es un regalo de Dios, del Espíritu de Dios.
También sabemos por esta lectura y por la experiencia cristiana
que el Espíritu Santo nos capacita para cumplir la tarea de
evangelización que, como bautizados, todos tenemos que
realizar.
Y es el Espíritu Santo el que hace comunidad entre nosotros,
seamos quienes seamos, vengamos de donde vengamos. El
Espíritu Santo, como el viento “sopla donde quiere”, le dijo
Jesús a Nicodemo (Jn. 3, 8). Como dice San Pablo en la
Segunda Lectura: no importa la raza, ni la condición
(“judíos o no judíos, esclavos o libres”), hemos sido
llamados para formar el Cuerpo Místico de Cristo, en el cual
cada uno tiene un tipo de función, a la cual Cristo nos ha
llamado.
En Pentecostés conmemoramos la Venida del Espíritu Santo
a la Iglesia y rogamos porque ese Espíritu de Verdad se derrame
en cada uno de nosotros, que formamos parte de la Iglesia. En
efecto vemos también en esta Segunda Lectura cómo
actúa el Espíritu Santo en la Iglesia. “Hay
diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el
mismo. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien
común”. Y nos da el Espíritu Santo diferentes
funciones a cada uno, como los diferentes miembros de un cuerpo tiene
cada uno su función, pero todos formamos un mismo cuerpo:
el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.
¿Cómo fue esa primera venida del Espíritu
Santo?
Recordemos que los Apóstoles habían visto a
Jesús irse de la Tierra, cuando ascendió al Cielo, y
sabían que ya El no estaba con ellos como antes. Cierto
que en los cuarenta días que transcurrieron entre su
Resurrección y su Ascensión, Jesús Resucitado
estuvo apareciéndoseles para fortalecerlos en la fe. Pero
después de la Ascensión ellos sabían que
debían continuar su camino y cumplir la misión que les
había encomendado. Pero ahora sería diferente, pues
serían acompañados y conducidos por el Espíritu
Santo.
Antes de Pentecostés recordemos que los Apóstoles eran
temerosos y tímidos, torpes para comprender las Escrituras y las
enseñanzas de Jesús.
Pero veamos en la Primera Lectura (Hech. 2, 1-11) y continuando a lo
largo del libro de los Hechos de los Apóstoles
cómo, luego de recibir el Espíritu Santo en
Pentecostés, cambiaron totalmente: se lanzaron a predicar
sin ningún temor y llenos de sabiduría divina, se les
soltaron las lenguas con un nuevo poder de lenguaje dado por el
Espíritu Santo, llamando a todos a la conversión,
bautizando a los que acogían el mensaje de Jesucristo
Salvador. Forman discípulos y comunidades, asisten a los
necesitados ... sufren persecuciones, llegando a la santidad e,
inclusive, hasta el martirio.
¿Cómo pudo suceder todo esto? Fue obra del
Espíritu Santo. Es decir, el protagonista fue el
Espíritu Santo. Pero es importante observar qué
hacían los Apóstoles antes de Pentecostés para
poder imitarlos y también nosotros recibir el Espíritu
Santo: “Todos ellos perseveraban en la oración con un
mismo espíritu ... en compañía de María, la
Madre de Jesús ... Acudían diariamente al Templo con
mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46).
El secreto de la acción del Espíritu Santo en nosotros y
a través de nosotros está en la oración:
oración perseverante, frecuente, con entusiasmo, con la
Santísima Virgen María. ¡Ven, Espíritu
Santo!
Oración maravillosa para este tiempo de Pentecostés -y
para todo momento- es la Secuencia del Espíritu Santo, que
forma parte de la Liturgia de este Domingo y con la que hemos invocado
al Espíritu Santo:
HIMNO AL ESPIRITU SANTO
(SECUENCIA DE PENTECOSTES)
Ven, Espíritu Divino,
manda tu Luz desde el Cielo,
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido,
Luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo.
Ven dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas,
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos,
mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro,
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas e infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte todos tus dones,
según la fe de tus siervos,
por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito,
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén.
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