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* disponible en inglés - ve
homilías Inglés
2 Pascua
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El Octavo Dia
(19 de abril de 2009)
Tema Básico: Durante estos ocho dias (que la Iglesia ve
como un solo dia) reflexionamos sobre un evento: la resurreccion de
Jesus - y la Divina Misericordia que fluye de el.
Hoy es el Segundo Domingo de Pascua - tambien conocida como Domingo de
la Divina Misericordia. La Iglesia ve estos ocho dias - de Pascua de
Resurreccion hasta hoy - como un solo dia. Reflexionamos sobre un solo
evento: la resurreccion de Jesus - y la Divina Misericordia que fluye
de el.
Hoy tenemos una bendicion especial - la presencia del Padre Frank
Pavone, Director Nacional de Sacerdotes Para la Vida. El Padre Pavone
Predicara en las misas dominicales. En la tarde a las 3 p.m., el Padre
Pavone guirará la Hora de Misericordia ante el
“Planned Parenthood†de 2001 E. Madison.* El Obispo
Eusebio Elizondo dara la oracion inicial y la bendicion final. El
Diacono Abel nos guirara en el rezo del Tercer Misterio Glorioso. Es un
momento importante para rezar por niños no-nacidos, por
sus papas y para todos de nuestra sociedad que sepamos apoyar a
mamás en embarazos de crisis.
La Coronilla de la Divina Misericordia es una poderosa oracion
pro-vida. En el 2003, el Papa Juan Pablo II emitió una
Bendición Apostólica a todos aquellos que
rezaran la Coronilla de la Misericordia “por las madres que
querÃan abortar sus retoños; por los
infantes que serÃa muertos en el vientre; por un cambio de
corazón en los que proveen los abortos y su s
colaboradores; por las victimas humanas de la
investigación de la célula madre, por la
manipulación genética, la
clonación y la eutanasia, y por todos los que han sido
encomendados con el gobierno de las personas, para que promuevan la
Cultura de la Vida, y pongan fin a la cultura de la muerte.â€
En este "dia octavo" (que realmente es parte de un solo dia de Pascua)
pedimos al Senor Resucitado derramar su Misericordia Divina sobre
nosotros - y todos nuestros hermanos, especialmente a los que estan
heridos por el aborto. A veces nos sentimos impotentes ante la cultura
de la muerte. Sin embargo, hermanos, sabemos que a causa de la
resurreccion de Cristo, al final la cultura de vida triunfara.
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English Version
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2 Pascua
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DOMINGO 2 del Tiempo de Pascua - Ciclo "B" -
19 de Abril de 2009
El Evangelio de este Domingo 2º de Pascua, Fiesta de la Divina
Misericordia, nos relata una de las apariciones de Jesús a los
Apóstoles, después de su Resurrección.
Sucedió que se encontraba ausente Tomás, uno de los doce
(cf. Jn. 20, 19-31). Y conocemos la historia.
Tomás no creyó. Le faltaba ¡tanta! fe
que tuvo la audacia de exigir -para poder creer- meter su dedo en los
orificios que dejaron los clavos en las manos del Señor y la
mano en la llaga de su costado.
Terrible parece esta exigencia. Y, nosotros, los hombres y
mujeres de esta época ¿no nos parecemos a
Tomás? ¿No creemos que toda verdad para serlo debe
ser demostrada en forma palpable, medible, comprobable ... igual que
Tomás? ¿No tenemos como único criterio de la
verdad nuestro discernimiento intelectual? ¿No damos una
importancia exagerada a la razón por encima de la Palabra de
Dios y las verdades de la Fe? ¿No llegamos incluso a negar
la autenticidad de la Palabra de Dios y de esas verdades?
¿No podría el Señor reprendernos igual que a
Tomás? “Ven, Tomás, acerca tu dedo ... Mete tu mano
en mi costado, y no sigas dudando, sino cree”. ¡Cómo
quedaría Tomás de estupefacto! Fue cuando
brotó de su corazón aquel: “Señor mío y
Dios mío” con que hoy en día alabamos al
Señor en el momento de la Consagración. Sin
embargo, Jesús prosigue, reclamándole a Tomás y
advirtiéndonos a nosotros: “Tú crees porque me has
visto. Dichosos los que creen sin haber visto”.
FE Y RAZON:
Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Fe es
una gracia de Dios y es también un acto humano”. En
efecto, la Fe es una virtud sobrenatural infundida por Dios en
nosotros. Pero para creer también es indispensable nuestra
respuesta a la gracia divina; es decir, también se requiere un
acto de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad, por el que
aceptamos creer.
En una oportunidad cuando los Apóstoles le pidieron al
Señor que les aumentara la Fe, El les hace un
requerimiento: tener un poquito de Fe, tan pequeña como el
diminuto grano de mostaza (cf. Lc. 17, 5-6). Significa que para
tener Fe, el Señor nos pide nuestro aporte: un
pequeño granito como el de la mostaza, es decir, nuestro deseo y
nuestra voluntad de creer.
Esa Fe, entonces, que es a la vez gracia de Dios y respuesta nuestra,
nos lleva a creer todo lo que Dios nos ha revelado y, además,
todo lo que Dios, a través de su Iglesia, nos propone para
creer.
Por eso se dice que las verdades de nuestra Fe están
contenidas en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de la
Iglesia Católica. Y esas verdades no son necesariamente
comprobables o comprensibles con nuestra limitada inteligencia
humana. Son verdades que creemos por la autoridad de Dios, no por
comprobación humana.
Por eso dice el Catecismo: “La Fe es más cierta que todo
conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios
... Y Dios no puede mentir”.
Ahora bien, la primera consecuencia de la Fe es la confianza, pues
creer en Dios es también confiar en El. No basta
decir: “yo sé que Dios existe”, sino también “yo
confío en Dios, yo confío en El y estoy en Sus
Manos”. En esto consiste la verdadera Fe. Y confiar en Dios
significa dejarnos guiar por El, por Sus designios, por Su
Voluntad. Pero ... ¿no es nuestra tendencia más
bien tratar de que Dios se amolde a nuestros planes y que -incluso-
colabore con ellos?
Pero el Señor nos dice así: “Vuestros proyectos no
son los míos y mis caminos no son los mismos que los
vuestros. Así como el cielo está muy alto por
encima de la tierra, así también mis caminos se elevan
por encima de vuestros caminos, y mis proyectos son muy superiores a
los vuestros” (Is.55, 8-9).
Por eso decimos: “Hágase Tu Voluntad así en la
tierra como en el Cielo” cada vez que rezamos el Padre Nuestro,
la oración que el mismo Jesucristo nos
enseñó. No se trata, pues, de que sea mi voluntad
la que se cumpla, ni mi deseo, ni mi proyecto, ni mi plan. Se
trata de buscar la Voluntad de Dios, para irla cumpliendo y para ir
siguiendo los planes de Dios para mi existencia. En esto consiste
la verdadera Fe y la confianza en Dios.
Las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles antes
de su Ascensión al Cielo, fueron varias. Pero ésta
de hoy parece muy importante. No sólo el episodio de Santo
Tomás la hace destacar, sino también que en esa misma
ocasión el Señor instituyó el Sacramento del
Perdón o de la Penitencia o Confesión. “Reciban el
Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les
quedarán perdonados y a los que no se los perdonen, les
quedarán sin perdonar”.
¿Será por el recuerdo de la institución del
Sacramento del Perdón de los pecados que hoy celebra la Iglesia
la Fiesta de la Divina Misericordia? ¿Será por ello
que en el Salmo -el mismo del Domingo de Resurrección- cantamos
“La misericordia del Señor es eterna”? (Sal. 117).
En efecto, este Domingo que sigue al Domingo de Resurrección es
la “Fiesta de la Divina Misericordia”.
FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA:
Es una Fiesta nueva en la Iglesia, que tiene la particularidad de haber
sido solicitada por el mismo Jesucristo a través de Santa
Faustina Kowalska, religiosa polaca de este siglo, quien murió
en 1938 a los 33 años de edad y quien fuera canonizada
precisamente en esta Fiesta de la Divina Misericordia del año
2000. Nos dijo el Papa Juan Pablo II el día de la
Beatificación de esta Santa de nuestros días: “Dios
habló a nosotros a través de la Beata Sor Faustina
Kowalska”.
La devoción de la Divina Misericordia ya se ha ido difundiendo
bastante en todo el mundo. Incluye la imagen de Jesús de
la Divina Misericordia, la Fiesta, el Rosario de la Misericordia,
la Novena (se inicia cada Viernes Santo y culmina el Sábado
antes de la Fiesta), la Hora de la Gran Misericordia, etc.
Con motivo de este Evangelio y de la Fiesta de la Divina Misericordia,
veamos qué nos ha dicho el Señor sobre la
Confesión a través de Santa Faustina Kowalska:
“Cuando vayas a confesar debes saber que Yo mismo te espero en el
Confesionario, sólo que estoy oculto en el Sacerdote. Pero
Yo mismo actúo en el alma. Aquí la miseria del alma
se encuentra con Dios de la Misericordia. Llama a la
Confesión Tribunal de la Misericordia. Y para acogerse a
El no nos pide grandes cosas: sólo basta acercarse con fe
a los pies de mi representante (el Sacerdote) y confesarle con fe
su miseria ... Aunque el alma fuera como un cadáver
descomponiéndose (es decir, muerta y descompuesta por el
pecado) y que pareciera estuviese todo ya perdido, para Dios no es
así ... ¡Oh! ¡Cuán infelices son los
que no se aprovechan de este milagro de la Divina Misericordia!”
¿Qué otras cosas nos ha dicho Dios a través de
Santa Faustina Kowalska?
“Habla al mundo de mi Misericordia, para que toda la humanidad conozca
la infinita Misericordia mía. Es la señal de los
últimos tiempos. Después de ella vendrá el
día de la justicia. Todavía queda tiempo ... Antes
de venir como Juez justo, abro de par en par las puertas de mi
Misericordia. Quien no quiera pasar por la puerta de mi
Misericordia, deberá pasar por la puerta de mi Justicia”.
Por Teología sabemos que Dios posee todos sus atributos o
cualidades en forma infinita. Así es, infinitamente
Misericordioso, pero también infinitamente Justo. Su
Justicia y su Misericordia van a la par. Pero a través de
esta Santa de nuestro tiempo nos hace saber que por los momentos, para
nosotros, tiene detenida su Justicia para dar paso a su Misericordia.
No nos castiga como merecemos por nuestros pecados, ni castiga al mundo
como merecen los pecados del mundo, sino que nos ofrece el abismo
inmenso de su Misericordia infinita.
Pero si no nos abrimos a su Misericordia, tendremos que atenernos a su
Justicia. ¡Graves palabras del Señor! Por lo
demás, coinciden con su Palabra contenida en el Evangelio ... Y
llegará el momento de su Justicia ... Llegará ...
¿Cómo podemos acogernos a su Misericordia? Veamos
qué nos ha dicho el Señor sobre la Fiesta de hoy:
“Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para
todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores ... Ese
día derramo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al
manantial de mi Misericordia. El alma que se confiese y reciba la
Santa Comunión obtendrá el perdón total de las
culpas y de las penas ... Que ningún alma tema acercarse a
Mí, aunque sus pecados sean como escarlata” (o sea, muy
graves o muy feos).
Con este ofrecimiento del Señor para el día de hoy, quien
arrepentido se confiese y también comulgue, acogiéndose a
este llamado de la Divina Misericordia, queda como si se acabara de
bautizar: totalmente purificado de toda culpa, como si no hubiera
cometido nunca ningún pecado. Es el abismo insondable de
la Misericordia Infinita de Dios, que no desea la muerte de nosotros,
pecadores, sino que nos convirtamos y vivamos para la Vida Eterna, la
que nos espera después de esta vida terrenal que ahora vivimos.
Como si fuera poco, aparte de quedar totalmente preparados para el
Cielo, purificados de toda culpa, si aprovechamos las gracias que la
Misericordia Divina nos tiene para este día, tenemos la promesa
del Señor de que recibiremos lo que pidamos en este día
de la Fiesta de la Divina Misericordia, siempre que lo que solicitemos
esté acorde con la Voluntad de Dios.
Para recibir las gracias otorgadas este Día de la Divina
Misericordia, es necesario recibir la Eucaristía y haberse
confesado, condición para recibir el perdón total de las
culpas y de las penas, que son consecuencia de nuestros pecados.
SEGUNDA LECTURA:
Hemos hablado de Fe, de Perdón y de Misericordia. Nos
queda algo importante en la Segunda Lectura (1 Jn. 5, 1-6).
San Juan, Apóstol y Evangelista, es quien nos da más
detalles acerca del amor a Dios y el amor al prójimo.
Muchas veces se resalta que quien dice que ama a Dios y no ama al
prójimo, miente. Pero en este trozo de su Primera Carta,
San Juan nos da la otra cara de la misma moneda: “Cuando amamos a
Dios y cumplimos sus mandatos, tenemos la certeza de que amamos a los
hijos de Dios. Porque guardar los mandatos de Dios es amar a
Dios”.
Es decir, para amar a nuestros hermanos, hijos de Dios como nosotros,
hemos de amar a Dios primero. Y amar a Dios es complacerlo en
cumplir lo que El nos pide en sus mandatos. Así, amando a
Dios, amamos también a los hijos de Dios.
Ese amor a Dios con el que nos amamos entre nosotros es lo que
hacía que los primeros cristianos vivieran un verdadero
espíritu de comunidad, como nos lo narra la Primera Lectura
(Hech. 4, 32-35).
¿Qué es lo que distingue a una verdadera comunidad?
Nos lo dice elocuentemente esta Lectura: el tener “un solo
corazón y una sola alma”. Es decir, tener un mismo
pensar y un mismo sentir.
Una verdadera comunidad no se logra con técnicas de
dinámica de grupo, ni con aplicaciones de la psicología
al funcionamiento de un grupo determinado. La comunidad no la
podemos hacer por nosotros mismos, pues quien la hace es Dios,
dándole “un solo corazón y una sola
alma”. Y es Dios Quien crea en medio de la
comunidad un mismo sentir y un mismo pensar, cuando las personas se
entregan a El, a amarlo primero a El, haciendo lo que El desea y
pide. Es el amor a Dios fluyendo entre las personas lo que hace
“comunidad”.
¿Por qué hay que confesarse con un Sacerdote?
Examen de Conciencia
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2 Pascua
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