29 Agosto 202122 Tiempo Ord

Homilia de Padre Phil Bloom
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Efesios Semana 7: ¿Tú también quieres dejarme?

(26 de agosto de 2018)

Mensaje: Dios no nos dice que confiemos en los hombres, solo en un hombre: Jesús. Necesitamos escucharlo preguntar, "¿Tú también quieres dejarme?"

Llegamos hoy a la conclusión de nuestras lecturas de Efesios. Puede recordar que a mediados de julio escuchamos que Dios nos llama y nos predestina antes de la fundación del mundo. La pregunta surge naturalmente: si Dios guía el curso de la historia humana, ¿por qué ocurren tantas cosas terribles y horribles?

En un nivel podemos decir que Dios nos hizo libres y hemos abusado de nuestra libertad trayéndose terribles sufrimientos el uno al otro. Eso es verdad pero la Biblia da una respuesta más profunda. Los profetas tuvieron que preguntar por qué Dios permitió desastres como la destrucción de Jerusalén y su glorioso templo. Llegan a la conclusión de que Dios permite las catástrofes para que él nos pueda devolver a él. Fácilmente nos volvemos orgullosos y esa arrogancia nos separa de Dios y de los demás. Dios ama la humildad porque nos abre a él y a los demás.

Vemos eso en la lectura de hoy: San Pablo dice estar subordinados unos a otros por reverencia hacia Cristo. Tendemos a enfocarnos en la sumisión de la esposa al esposo, pero Dios requiere una humildad similar cuando dice: "Maridos, amen a sus esposas como Cristo ama a la iglesia". Jesús nunca es dominante y grosero. Más bien él lidera suavemente. Eso es lo que queremos de nuestros jóvenes: ser líderes que se dan a sí mismos.

Hace un tiempo les conté sobre estudios que muestran que nuestros jóvenes sueñan con el matrimonio, incluso el matrimonio tradicional, donde el marido toma la mayoría de las decisiones. Esto supone un diálogo del curso y el reconocimiento de que las mujeres tienen habilidades que deben respetarse, desarrollarse y utilizarse al máximo. Lo veo en el personal de nuestra parroquia. Somos bendecidos por madres jóvenes que ponen sus dones extraordinarios al servicio de la iglesia. Al mismo tiempo, lo que más les importa son sus matrimonios y sus familias.

San Pablo habla sobre este gran misterio: los dos se convierten en una sola carne. Como él dice, esto se refiere a Cristo y su esposa, la iglesia.

Este misterio se relaciona con el Evangelio de hoy, que es la conclusión del discurso de Jesús sobre el Pan de la Vida. Lo que dice acerca de comer su carne y beber su sangre parece tan impactante que muchos lo abandonan. Jesús le pregunta a sus discípulos íntimos: "¿También tú me dejarás?" Esta pregunta resuena hoy. Muchos se han escandalizado, desanimado y avergonzado de seguir a Jesús. Él pregunta: ¿también tú me dejas?

Mucha gente se aleja. Con todas las terribles noticias, comprensiblemente se sienten decepcionados por los líderes de la Iglesia. Sienten disgusto, incluso desprecio. Puedo entender. Al mismo tiempo, Dios no nos dice que confiemos en los hombres, solo en un hombre: Jesús. Necesitamos escucharlo preguntar, "¿Tú también quieres dejarme?"

Al concluir esta serie de verano, considere la respuesta de Pedro: "Maestro, ¿a quién iremos?" Nadie más ha hecho afirmaciones tan extraordinarias, ni el Buda, ni Mohamed, ni Confucio. Esos hombres dicen mostrar el camino. Solo Jesús dice: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Con Pedro respondemos: "¿Adónde iremos? Nosotros creemos y sabeermos que eres el Santo de Dios". Amén.


Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
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Dios entregó su Ley a Moisés en el Monte Sinaí escrita en tablas de piedra. Y esa Ley es tan sabia y tan necesaria, que es indispensable seguirla, tanto para el bien personal, como para el bien de los grupos, pequeños o grandes. Es importante hasta para el bien de cada país y para el bien mundial.

A pesar de que Moisés, de parte de Dios, había ordenado “no añadirán nada ni quitarán nada a lo que les mando” (Dt. 4, 1-2; 6-8), a lo largo del tiempo le habían ido anexando a la Ley una serie de exigencias inventadas –casi imposibles de cumplir. Y eran esos agregados a la Ley, los motivos de las discusiones que Jesús tenía con los Escribas y Fariseos de su tiempo. Recordemos que los Fariseos regían la vida religiosa de los judíos, y los Escribas eran los que fungían de intérpretes de la Ley.

Nos cuenta, entonces, el Evangelio de San Marcos (Mc. 7, 1-8.14-15.21-23) que en una ocasión los discípulos de Jesús no cumplieron las normas de purificación de manos y recipientes, según se exigía de acuerdo a estos anexos. Y, ante el reclamo de unos Escribas y Fariseos, Cristo tuvo que aclarar bien lo que era la Ley y lo que le habían anexado.

A juzgar por la respuesta de Jesús, los que acusaban a los discípulos de no cumplir con alguno de esos agregados, no cumplían ellos mismos la verdadera Ley. Y es que no habían cumplido lo más importante, cual era que no se podía quitar ni agregar nada a dicha Ley. De allí esas cargas tan pesadas, que ni ellos mismos cumplían. Y cada vez que le reclamaban a Jesús el incumplimiento de estas cargas absurdas, con gran severidad les iba tumbando todos los legalismos anexados.

Jesús les insiste que lo importante no es lo exterior sino el interior de la persona. Lo importante no son los detalles que se habían inventado, sino el corazón del hombre. Es hipocresía lavarse rigurosamente las manos y tener el corazón lleno de vicios y malos deseos. Es hipocresía aparentar mucho por fuera y estar podrido por dentro. Lo que hay que purificar es el interior, lo que el ser humano lleva por dentro: en su pensamiento, en sus deseos. Y aclara que los pecados brotan del interior, no del exterior.

Por eso, para corregir este legalismo absurdo, dice Jesús: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro, porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”.

Nosotros no tendremos legalismos agregados, pero sí podríamos revisar nuestro interior a ver si tenemos cosas de esas que nos ensucian. Y entonces limpiarnos con el arrepentimiento y la confesión.

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