1 Enero 2020María Madre de Dios

Homilia de Padre Phil Bloom
Stmaryvalleybloom.org
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María Madre de Dios





Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
María Madre de Dios

María es Madre de Dios.  Y esa verdad que recibimos desde que nos dan los primeros conocimientos de nuestra religión, se dice tan fácilmente, pero -si nos fijamos bien- es un milagro colosal, incomprensible, infinito.

Tampoco, por cierto fue siempre aceptada esta verdad.  La Iglesia tuvo que convocar un Concilio, el de Efeso, en el año 431 para condenar una herejía que pretendía demostrar que María era madre de Jesús-Hombre mas no de Jesús-Dios.  Y desde ese momento "María, Madre de Dios" es dogma de fe para los cristianos.

La Santísima Virgen María es, entonces, verdaderamente Madre de Dios porque su Hijo, Jesucristo, no sólo es Hombre, sino también Dios.  No podía María, por supuesto, engendrar la divinidad de su Hijo, que como Dios es eterno, pero sin duda es Madre de Jesucristo que es Dios.  Luego, es Madre de Dios.  Así lo reconoció su prima Santa Isabel cuando,"llena del Espíritu Santo"  ante la presencia de María, exclamó:  "¿Quién soy yo para que venga a verme la Madre de mi Señor"? (Lc. 1, 41-43).

Todas las gracias, dones y privilegios excepcionales de María se derivan del hecho de su maternidad divina, inclusive los recibidos cronológicamente antes de ser hecha Madre de Dios, como, por ejemplo, su Inmaculada Concepción.  Así también, todas las gracias, dones y privilegios que nosotros recibimos son causados por ser María Madre de Dios, porque "concibiendo a Cristo, engendrándolo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó ... con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas.  Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia"  (LG 10).

Por ello, en este ambiente de celebración del Nacimiento del Hijo, el cual nos refiere el Evangelio de hoy (Lc. 2, 16-21)  la Iglesia nos invita a celebrar el primer día de cada año a María, Madre de Dios ... y Madre nuestra, feliz anexo que la moderna piedad popular ha agregado a esa oración:  "Bendita sea por siempre la Santa Inmaculada Concepción de la Bienaventurada siempre Virgen María, Madre de Dios ... y Madre nuestra".

Leemos en la Segunda Lectura que "Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, para rescatarnos, a fin de hacernos hijos suyos.  Puesto que ya somos hijos ... podemos exclamar ‘¡Abba!’, que quiere decir ¡Papá! ¡Papito!"  (Gal. 4, 4-7).

Parodiando a San Pablo, puesto que ya somos hijos, si podemos llamar así al Padre, también podemos llamar a la Madre:  ¡Madre!  ¡Madrecita! ¡Mamá! ¡Mamita!

Y, "tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn. 3, 16).    Así también, parodiando a San Juan Evangelista, podemos con propiedad decir que "tanto nos amó María, que también Ella, nos entregó a su Hijo único, para que todos tengamos vida eterna".

Por eso Ella, que nos ha engendrado a tan alto precio -nada menos que al precio de la vida de su Hijo amadísimo- quiere que vivamos como verdaderos hijos suyos y del Padre Eterno.

Pero pareciera que nosotros no queremos vivir así. Decimos que queremos las gracias que nos vienen por manos de la Virgen, pero también queremos nuestra voluntad.  Y las dos cosas no pueden ir juntas.  Decimos que queremos vivir bajo el manto de la Virgen, pero también queremos vivir bajo en manto de nuestros caprichos.  Decimos que queremos recibir los dones divinos, pero creemos que nuestros propios deseos son más importantes que esos dones.

Por eso en este primero de año, podríamos hacerle al Señor una carta en blanco, que comenzara en imitación a la Madre de Dios, por un "Hágase en mí según tus deseos" y terminara con un "Amén.  Así sea", dejando que El, Padre infinitamente Sabio y Bondadoso, la llenara de sus deseos, de sus designios, de sus planes para nuestra vida.

Así podremos recibir desde este primer día del año la bendición con las palabras que Dios mismo nos dejó y que leemos en la Primera Lectura: "El Señor los bendiga y los guarde, haga brillar su rostro sobre ustedes y les conceda su favor, vuelva su mirada misericordiosa a ustedes y les conceda la Paz" (Num. 6, 22-27).
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