22 Abril 20184 Pascua

Homilia de Padre Phil Bloom
Stmaryvalleybloom.org
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4 Pascua
Primera Calidad de un Buen Pastor (22 de abril de 2018)

Mensaje: La relación con el Padre, como subraya el obispo Mueggenborg, es la primera cualidad de un buen pastor.
Este fin de semana celebramos el domingo del Buen Pastor. Tenemos la bendición de tener con nosotros a uno de los principales pastores de nuestra arquidiócesis: el obispo Daniel Mueggenborg, que confiere el sello del Espíritu Santo a nuestros jóvenes. Estoy muy contento de que el obispo Mueggenborg llegue una hora y media antes para poder reunirse con nuestros jóvenes. ¡Ese es un buen pastor! El obispo Mueggenborg ha escrito un comentario de tres volúmenes sobre el Evangelio dominical: "Ven, sígueme, Reflexiones sobre el discipulado". Con respecto al Evangelio de hoy, él comenta sobre lo que Jesús nos muestra acerca de ser un pastor. Él hace cuatro puntos. Me gustaría subrayar el primer punto. Aplica a obispos, sacerdotes, papas y ministros pastorales como San Vicente de Paúl, Caballeros y maestros de educación religiosa, todos los que tienen un papel de pastorear. La primera cualidad del pastor se refiere a la relación de Jesús con el Padre. Como afirma el obispo Mueggenborg, "esta relación se expresa en términos de 'conocer'.

El conocimiento del que habla Jesús no es tanto conceptual como experimental. Jesús conoce las esperanzas y preocupaciones del Padre. Él sabe lo que le agrada al Padre y lo que decepciona al Padre. Es este conocimiento el que le permite a Jesús manifestar la presencia desafiante, reconfortante, alentadora e inspiradora de Dios." Vi esta cualidad en acción la semana pasada cuando el Arzobispo Sartain habló en la conferencia de hombres. Compartió su propia oración y reflexión sobre la Palabra, en este caso el capítulo 15 de Lucas, donde Jesús habla sobre la oveja perdida, la moneda perdida y el alma perdida. Después de su presentación, los hombres fueron a confesarse. No puedo mencionar nada de lo que se dice debajo del sello, pero puedo compartir cuán conmovido me sentí por esos hombres que abrieron sus corazones al Señor y a mí como representante de Jesús. Eso es algo que sucede cuando la gente escucha la voz de un buen pastor, alguien que tiene una relación profunda con el Padre, que en Jesús conoce al Padre. Un buen pastor lleva almas a Jesús. No es Phil Bloom quien salva a nadie. Es Jesús. En la primera lectura vemos a un hombre cojo sanado cuando Pedro reza por él.

Para que nadie tenga la idea equivocada, Pedro declara que es en el nombre de Jesús el cojo que "está parado ante ustedes sanó". Luego Pedro agrega, "No hay nombre bajo el cielo dado a la raza humana por el cual somos salvados". El Buda tiene algunas enseñanzas valiosas. (De hecho, se puede encontrar doctrinas semejantes en la Biblia.) Pero no es en el nombre del Buda que una persona se salva. Puedes decir algo similar sobre todos los grandes líderes religiosos: Confucio, Lao Tse e incluso Mohamed. Todos tienen ideas que podemos apreciar, pero solo hay un nombre que salva: ¡Jesús! Nuestra fe es inclusiva porque Jesús incluye la plenitud de la verdad. Sin embargo, debemos ser claros al hablar de la verdad. Como el Papa Benedicto señala, no es tanto que poseamos la verdad como que la verdad nos posea. Queremos saber la verdad: la relación con el Padre es posible a través de Jesús. La relación con el Padre, como subraya el obispo Mueggenborg, es la primera cualidad de un buen pastor. "Yo soy el Buen Pastor", dice Jesús, "y sé que los míos y los míos me conocen, así como el Padre me conoce y yo conozco al Padre". Amén


Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
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Domingo 4 de Pascua- Ciclo "B"
22 de Abril de 2018

Jesucristo no sólo nos ha salvado, sino que nos ha dado mucho más que eso: hacernos hijos de Dios y darnos derecho a una herencia, que es el Cielo. Pero comencemos con lo de la salvación, revisando las Lecturas de este Domingo. Nadie más que Jesucristo puede salvarnos, "pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido como salvador nuestro" (Hech. 4, 12). Así vemos en la Primera Lectura cómo habló San Pedro, el primer Papa, al responder a quienes lo interrogaban pretendiendo juzgarlos por la curación de un lisiado y porque estaban predicando que Jesús había resucitado. Pedro les echó en cara: "Este hombre ha quedado sano en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos".

Jesucristo es el Salvador. Eso se dice ¡tan fácil! y se ha repetido tantas veces ... pero no parece tan aceptado como debiera serlo. Al menos, no parece tan aprovechado. La salvación de Jesucristo nos ha sido dada de gratis, sin ningún esfuerzo de nuestra parte. Sólo debemos aprovechar las gracias que por esa salvación nos han sido dadas. Pero ... ¿realmente las aprovechamos? ¿Aprovechamos todas las gracias que el Señor quiere darnos? Además, si nos fijamos bien, no todos aceptamos la salvación que Jesús nos vino a traer. Por citar sólo un ejemplo actual: la re-encarnación. La creencia en ese mito pagano no se queda en pensar que en nuevas vidas seremos otras personas ... si es que eso fuera posible.

Una de las consecuencias de este engaño que es la re-encarnación, es el pensar que nosotros nos podemos redimir nosotros mismos a través de sucesivas re-encarnaciones, purificándonos un poco más en cada una de esas supuestas vidas futuras. Así que, al creer en la re-encarnación, de hecho estamos rechazando la redención que sólo Cristo puede darnos. Y quedamos de nuestra cuenta para salvarnos (???!!!). Ahora bien, Jesucristo no sólo vino a salvarnos, es decir, a rescatarnos de la situación de secuestro en que estábamos después del pecado de nuestros primeros progenitores, sino que -como San Juan nos recuerda en la Segunda Lectura- por su gracia "no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que realmente lo somos" (1 Jn. 3, 1-2).

Y realmente lo somos, porque Dios nos comunica su Vida, su Gracia; porque, durante nuestra vida en la tierra nos guía como sus hijos que somos. Y, además, porque recibiremos una herencia: el Cielo prometido a aquéllos que se comporten como hijos, es decir, a los que aquí en esta vida seamos obedientes a la Voluntad del Padre. ¿Nos damos cuenta de este privilegio: ser hijos de Dios y poder llamar a Dios "Padre", porque realmente somos sus hijos? Ser ?hijo(a) de Dios? se dice tan fácilmente... Pero ¿nos damos cuenta que Jesucristo, el Hijo Único de Dios, no sólo nos ha salvado, sino que ha compartido Su Padre con nosotros, para que seamos también hijos(as)? ? ¿Agradecemos a Dios este altísimo privilegio? o lo tomamos como un derecho merecido? Continúa San Juan explicándonos la dimensión y las consecuencias de este especialísimo privilegio de la filiación divina: "Ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando El se manifieste, vamos a ser semejantes a El, porque lo veremos tal cual es". San Pablo nos explica así esto mismo en varias citas de sus cartas:
"Al presente vemos como en un mal espejo y en forma confusa, pero luego será cara a cara. Ahora solamente conozco en parte, pero luego le conoceré a El como El me conoce a mí." (1 Cor. 13, 12-13).

"Cuando se manifieste el que es nuestra vida, Cristo, ustedes también estarán en gloria y vendrán a la luz con El" (Col. 3, 4).
"También los destinó a ser como su Hijo y semejantes a El... y después de hacerlos justos, les dará la gloria" (Rom. 8, 29-30).

En el Evangelio vemos por qué todo esto es así. Jesús se nos identifica de diversas maneras. Una de sus identificaciones favoritas de todos los que somos sus seguidores es ésta de hoy: el Buen Pastor. "Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas" (Jn. 10, 11-17). Y sabemos que Jesús cumplió con esta promesa de dar su vida por cada uno de nosotros, ovejas de su rebaño. Sabemos que su vida la dio, pero, como nos dice en este Evangelio, también la recuperó. Y la recuperó con gloria, porque resucitó. Y con su resurrección nos da a todos los que le seguimos y le imitamos, la gloria que El tiene y que da a las ovejas de su rebaño. ¿Quiénes son las ovejas de su rebaño? Jesús las identifica en este Evangelio. Son los que conocen su voz, porque lo conocen a El y le siguen. Esos resucitarán como El resucitó y ?serán semejantes a El?, como nos dice San Juan en la Segunda Lectura, porque tendrán la gloria que es suya y que conoceremos cuando lo veamos ?cara a cara, tal cual es?.
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