11 Febrero 20186 Tiempo Ord

Homilia de Padre Phil Bloom
Stmaryvalleybloom.org
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Ser Discipulo Misionero Semana 5: Toque Sanador
(11 de febrero de 2018)

Mensaje: Puedes sentirte reacio a dejar que Jesús te toque, pero por favor ven este miércoles. Recibe la cruz de cenizas en tu frente.
Hasta hace muy poco, las personas de todo el mundo temían la lepra, una enfermedad que ataca las extremidades (pies, dedos, nariz) y les hace perder la sensibilidad y comenzar a pudrirse. La lepra consume el cuerpo llevando a una muerte dolorosa. Para protegerse, diferentes sociedades aislaron al leproso. Una persona que toca a un leproso se vuelve impura. Jesús hace algo extraordinario al extender la mano y tocar al leproso. Jesús nos está diciendo algo. Si queremos ayudar a otros, debemos tocar su herida. La gente está herida, sufriendo. No los ayudamos tanto por darles cosas sino por tocar su herida.

Es notable que Jesús toque al leproso y también es impresionante que el leproso se le acerque. Como escuchamos en la primera lectura, un leproso tuvo que usar ropa rasgada y gritar, "Soy impuro". Este leproso se atreve a acercarse a Jesús y arrodillarse frente a él. Él pide limpieza. "Si lo deseas, puedes curarme".

Como discípulos misioneros, debemos permitir que las personas se nos acerquen. Los católicos somos amistosos, pero no somos tan buenos para dar la bienvenida, creando la sensación de que la gente puede acercarse a nosotros. He comentado sobre nuestra tendencia a tomar el exterior de los bancos en lugar de avanzar hacia el centro. En otras formas, no enviamos una señal de bienvenida a la persona que está sola, herida o sufriendo. El Evangelio dice que Jesús fue "conmovido". En su libro Reflexiones sobre el Discipulado, el Obispo Mueggenborg explica que la compasión, la misericordia y la compasión se refieren a algo más que el sentimiento que experimentamos cuando vemos a alguien en apuros. El obispo Mueggenborg escribe: "Para Jesús, sin embargo, la compasión no era solo un sentimiento o emoción, sino que la compasión era una motivación para la acción". En este caso, la acción implica una palabra curativa y un toque sanador.

Jesús puede sanarnos pero tenemos que enfrentar esta pregunta: ¿realmente queremos ser sanados? El presidente Lyndon Johnson contó una historia sobre un hombre que estaba perdiendo la audicion. Acude a un médico que lo examina y luego le pregunta cuánto está tomando. El hombre dice: "Ah, alrededor de medio litro de whisky al día". El médico le dice que deje de tomar y regrese en dos meses. Después del primer mes, su audición mejora. Cuando regresa al médico después de 2 meses, sin embargo, el médico lo examina nuevamente. Resulta que su audición es tan mala como antes. El doctor le pregunta si dejó de beber. "Bueno", dice, "lo intenté durante un mes y escuché mejor. Pero, ya sabes, me gusta como me siento después de tomar el medio litro que después de algunas de las cosas que he escuchado". Somos como ese hombre. En el fondo, realmente no queremos ser sanados. Hay algunas cosas que preferimos no escuchar, especialmente si esto significa abrirnos a las heridas y sufrimientos de los demás.

La semana pasada hablamos acerca de cómo convertirse en un discípulo significa recoger la mochila que Dios ha puesto en su camino. Tú y yo tenemos que tomar esa carga y llevarla. Dios tiene una tarea para cada uno de nosotros. Él quiere que hagamos esa tarea, que carguemos con nuestra carga y sigamos a Jesús. Puede sentirse demasiado herido, demasiado quebrantado como para soportar cualquier carga. Si te sientes así, eres exactamente el que Jesús está buscando. Él quiere hablarte, tocarte, curarte.

Puede ser que no sucede en un instante. Puede requerir tiempo. Es por eso que tenemos una temporada de cuarenta días llamada Cuaresma. Jesús quiere sanarte a través de la oración, el ayuno y la generosidad. Este año, la Cuaresma comienza el 14 de febrero. Entonces, para los católicos, el día de San Valentín es un día de ayuno y abstinencia. Aproveche esta coincidencia para reclamar el significado más profundo del amor. Tenga una cena especial el martes por la tarde y comience la Cuaresma bien el Miércoles de Ceniza. Jesús te enseñará el significado del amor a través de la oración, el ayuno y la generosidad. Puedes sentirte reacio a dejar que Jesús te toque, pero por favor ven este miércoles. Recibe la cruz de cenizas en tu frente. Dile a Jesús: "Si quieres, puedes curarme". Permitir que Jesús te toque. "Si quiero," dice "sana". Amén.


Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
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Domingo 6 del Tiempo Ordinario - Ciclo "A"
11 de Enero de 2018

La lepra es una enfermedad que persiste hoy en día, no ha sido totalmente extinguida, a pesar de existir vacuna y tratamiento para este mal. Sin contar los enfermos pre-existentes, sólo en 2016 se registraron en el mundo 27.357 casos nuevos, según la OMS. Sin embargo, mientras la lepra del cuerpo es tan repugnante y tan temida, la del alma ni se ve. Casi nadie la nota? a veces, ni el mismo enfermo se da cuenta. Según la Ley de Moisés, la lepra era una impureza contagiosa, por lo que el leproso era aislado del resto de la gente hasta que pudiera curarse. En la Primera Lectura vemos que la Ley daba una serie de normas para el comportamiento del leproso, de manera de evitar contagiar a los demás. Se prescribía que debía ir vestido de cierta manera y debía ir anunciando a su paso: "Estoy contaminado! ¡Soy impuro!" (Lv. 13, 1-2.44-46). Se creía también que la lepra era causada por el pecado.

Por todo esto, la gente huía de los leprosos. Menos Jesús. De hecho, realizó unas cuantas curaciones de leprosos. Una de éstas fue la de un leproso que se le acerca y, de rodillas, le suplica: "Si tú quieres, puedes curarme" . "Querer es poder", pensó este hombre. Pero con su postura y sus palabras mostraba, primero humildad y luego, total confianza en lo que el Señor decidiera. Por esta actitud, Jesús, que sí puede, también quiere. Y, "extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: "¡Sí, quiero: Sana!" Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio. (Mc. 1, 40-45). ¡Qué grande fe la de este pobre leproso! Y ¡qué audacia! No tuvo temor de acercarse al Maestro. No tuvo temor de que le diera la espalda. No tuvo temor de ser castigado por incumplir la ley que le impedía acercarse a alguien. Es que la fe cierta no razona, no se detiene. Quien tiene fe sabe que Dios puede hacer todo lo que quiere. Para Dios hacer algo, sólo necesita desearlo. Por eso el pobre leproso se le acerca al Señor con tanta convicción. Por eso el Señor le responde con la misma convicción: "¡Sí quiero: Sana!" Nos dice el Evangelista que Jesús "se compadeció", "tuvo lástima" del leproso. ¡Y cierto! El Señor tiene lástima de la lepra que carcome el cuerpo.

Por eso la cura. Pero mucha más lástima y más compasión tiene Jesús de la lepra que carcome el alma. Por eso hace algo más impresionante aún. Para curarnos a todos de la lepra del alma, nos dejó un tratamiento que no falla: el Sacramento de la Confesión. La Segunda Lectura tomada de San Pablo (1 Cor. 10, 31-11,1) nos habla de la obligación que tiene todo cristiano de hacer todo "para la gloria de Dios"; es decir, pensando antes de actuar si lo que hacemos, cualquier cosa que hagamos, desde comer y beber, es para dar gloria a Dios. Asimismo nos recuerda en qué consiste la caridad cristiana: complacer a los demás (dar gusto a todos en todo) y buscar el interés de los demás ... y no el propio interés. Pero ese "dar gusto" y ese "buscar el interés de los demás" tiene una finalidad muy específica. No se trata de complacer por complacer cualquier capricho, ni buscar satisfacer el interés egoísta de los demás, sino que queda muy, muy claro cuál es ese interés que debe perseguir quien quiere ser imitador de Cristo, como lo fue San Pablo. Lo dice muy claramente: "sin buscar mi propio interés, sino el de los demás, para que se salven". Es decir, el servir a los demás, el buscar el interés de los demás, debe tener como finalidad la búsqueda de su mayor bien, que es la salvación eterna. Esto debe tenerse siempre en cuenta, pues de otra manera, más bien podemos hacer daño a la salvación eterna de los demás, si lo que buscamos es complacer por complacer o por ser apreciados y queridos. Pero ... volvamos al tema de la Primera Lectura y del Evangelio.

¿Qué nos enseñanza estos pasajes de la Biblia sobre la lepra? Primeramente el horror que es el pecado. Luego, la actitud del Señor ante el pecador que busca su ayuda. Entonces ? ¿qué hacer con la lepra del alma que nos carcome? Pues lo que hizo el leproso: se acercó a Jesús con convicción, sin duda, sin temor y con una fe segura. Pero muy importante: se acercó también con humildad, "suplicándole de rodillas". Esa debe ser nuestra actitud: reconocer nuestra lepra y buscar ayuda que el Señor nos dejó, con convicción y sin temor, pidiéndole que nos sane. Sabemos que no podemos curarnos por nosotros mismos. Pero el Señor no tendrá asco de nuestra lepra, si nos presentamos ante El humildemente. No importa cuán grave sea nuestra situación de pecado. Pudiera ser que por muchos años vengamos arrastrando una enfermedad del alma, una lepra que parece incurable. Pero, si Dios quiere, puede hacer cualquier milagro. Y lo hace con cada arrepentimiento y en cada Confesión. Entonces? ¡qué mejor oportunidad para obtener la sanación de nuestra lepra espiritual que la Confesión! Por más fea o más larga que sea la lepra de nuestra alma, es indispensable, primeramente, arrepentirnos de nuestros pecados. Luego, confesarlos ante el Sacerdote para recibir la Absolución. Y, con sólo esto, ya estamos sanos. Así de fácil los requisitos. Así de grande la recompensa: quedamos sanos totalmente, como el leproso. Vale la pena, ¿no?. Domingo 6 del Tiempo Ordinario - Ciclo "A" - 11 de Enero de 2018 - La lepra es una enfermedad que persiste hoy en día, no ha sido totalmente extinguida, a pesar de existir vacuna y tratamiento para este mal. Sin contar los enfermos pre-existentes, sólo en 2016 se registraron en el mundo 27.357 casos nuevos, según la OMS.

Sin embargo, mientras la lepra del cuerpo es tan repugnante y tan temida, la del alma ni se ve. Casi nadie la nota? a veces, ni el mismo enfermo se da cuenta. Según la Ley de Moisés, la lepra era una impureza contagiosa, por lo que el leproso era aislado del resto de la gente hasta que pudiera curarse. En la Primera Lectura vemos que la Ley daba una serie de normas para el comportamiento del leproso, de manera de evitar contagiar a los demás. Se prescribía que debía ir vestido de cierta manera y debía ir anunciando a su paso: "Estoy contaminado! ¡Soy impuro!" (Lv. 13, 1-2.44-46).

Se creía también que la lepra era causada por el pecado. Por todo esto, la gente huía de los leprosos. Menos Jesús. De hecho, realizó unas cuantas curaciones de leprosos. Una de éstas fue la de un leproso que se le acerca y, de rodillas, le suplica: "Si tú quieres, puedes curarme" . "Querer es poder", pensó este hombre. Pero con su postura y sus palabras mostraba, primero humildad y luego, total confianza en lo que el Señor decidiera. Por esta actitud, Jesús, que sí puede, también quiere. Y, "extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: "¡Sí, quiero: Sana!" Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio. (Mc. 1, 40-45). ¡Qué grande fe la de este pobre leproso! Y ¡qué audacia! No tuvo temor de acercarse al Maestro. No tuvo temor de que le diera la espalda. No tuvo temor de ser castigado por incumplir la ley que le impedía acercarse a alguien. Es que la fe cierta no razona, no se detiene. Quien tiene fe sabe que Dios puede hacer todo lo que quiere. Para Dios hacer algo, sólo necesita desearlo. Por eso el pobre leproso se le acerca al Señor con tanta convicción. Por eso el Señor le responde con la misma convicción: "¡Sí quiero: Sana!"
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